¿El mejor de los mundos posibles?
Pensar alrededor de la catástrofe · Actualidad
El mundo anda últimamente algo revuelto. Y con la palabra “mundo” me refiero, principalmente, a este suelo que pisamos, al agua que bebemos y el aire que respiramos. En pocas palabras: vamos de catástrofe en catástrofe. Inundaciones, terremotos, nevadas descomunales, maremotos… Basta tirar de la memoria reciente para darse cuenta de que el planeta no nos da tregua: Tsunami en Indonesia, el Katrina en E.E.U.U., el terremoto de Haití… por citar sólo las más devastadoras de los últimos años. La lista se podría ampliar con todos aquellos que tienen una influencia “doméstica”. La principal consecuencia de estos fenómenos es la tragedia humana que conllevan: los efectos llegan mucho más lejos que la atención mediática y la sensibilización mundial. La “ética del desastre” es efímera y se ve empujada por las imágenes de la televisión o las referencias de la radio y la prensa. A escala humana hay otra consecuencia, esta de tintes filosóficos: la desconfianza de la naturaleza, su cuestionamiento más radical.
Los desastres naturales nos obligan a poner en duda el lugar del ser humano en la naturaleza, que muestra su aspecto más cruel. Dejamos de considerarla como un hogar y comenzamos a ver en ella una amenaza, un peligro. O dichos en otras palabras: un “mal” para el ser humano. El tema cuenta ya con una larga tradición en el pensamiento filosófico: en el siglo XVIII Leibniz estaba convencido de que vivíamos en el mejor de los mundos posibles. El razonamiento es relativamente sencillo: si un creador ha montado todo este tinglado, ha tenido que hacerlo como un buen “arquitecto”, organizándolo todo de la mejor manera posible. ¿Cómo iba a permitir Dios que vivamos en un mundo “malo” pudiendo vivir en uno mejor? Y si así fuera, ¿no sería este un signo de que no es bueno y todopoderoso sino más bien mezquino y tacaño en tanto que podría haber creado un mundo mejor? Leibniz pensaba que este tipo de adjetivos eran incompatibles con un ser superior. El ser superior, responsable de todo lo existente, ha de velar por su obra. Si hay algún tipo de intención en la naturaleza, argumentaría Leibniz, ha tenido que aspirar a lo mejor.
Este optimismo leibniziano fue refutado precisamente por una catástrofe de la magnitud del terremoto de Lisboa. Es este, sin duda, la peor crítica que puede recibir una teoría: ¿Cómo va a ser el mejor de los mundos posibles aquel en el que miles de familias se ven afectadas incesantemente por los desmanes de una fuerza superior e incontrolable? De una manera magistral, Voltaire replicó el optimismo leibniziano a través de Cándido, un breve cuento filosófico (cuánta falta nos harían muchos como este) cuyo protagonista va de infortunio en infortunio, sin que la ultrajante realidad empírica pueda minar sus principios metafísicos, basados en el mejor de los mundos posibles. La polémica se vuelve a poner, por desgracia, de rabiosa actualidad cada vez que el planeta nos juega alguna mala pasada. Surgen voces que plantean abiertamente el problema del mal físico, que tuvo en jaque a filósofos y teólogos durante los siglos XVI y XVII. Puede que seamos hijos del caos y del azar y sea absurdo buscar intenciones donde no hay más que casualidad encadenada. Puede que un ser superior haya diseñado todo y haya preferido un mundo material mal construido antes de no crear absolutamente nada. O quizás hay un salto insuperable entre lo que pensamos y valoramos y lo que son las cosas: el bien, el mal, la historia, la naturaleza… ¿Por qué tenemos que medirlo todo según se ajuste o no a nuestras conveniencias? ¿Quién nos dijo que somos el centro del universo?
P.D: Fuente original de la imagen


