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El mito del progreso

La semana pasada, comentábamos durante las clases que la civilización occidental tiende a mantener actitudes etnocéntricas, al considerarse una cultura superior respecto a las demás. Esta forma de pensar está fundada ya en muchos documentos de "antropólogos" que estudiaban otras culturas tomando la suya propia como patrón o medida desde la cual valorar las demás. El etnocentrismo encuentra su origen en productos culturales que son considerados "superiores" a los del resto de las culturas. Entre estas formas culturales, brillan con luz propia la ciencia, la tecnología y la democracia. Formas de vida que nos hacen superiores, o al menos eso tendemos a pensar. Los 3 son sinónimos de progreso, y convierten a la civilización occidental, o eso suele suponerse, en un modelo imitar. Lo curioso del caso es que esta idea está desterrada de la antropología y la filosofía desde hace décadas, y sin embargo, está presente en mucha gente de a pie. Quizás por ello no venga mal que discutamos todos un poco en torno a la idea de progreso.

Identificamos con progreso, por ejemplo, los descubrimientos científicos en terrenos tan diversos como la sanidad o la investigación espacial. Cómo no, también son buenos símbolos de progreso todos aquellos aparatos que nos hacen la vida más fácil: la calefacción, la luz, el teléfono móvil, internet… Y si a todo esto le sumamos que "vivimos en democracia" (sin que una gran mayoría haya pensado aún qué es eso…), pues la conclusión parece clara: nuestra cultura es la mejor. Sin embargo, todos estos "avances" se han convertido, en nuestras sociedades, en auténticos mitos: identificamos ciencia con verdad, no valoramos las consecuencias negativas de la tecnología, y la democracia se convierte en una forma de vida social que no debe ser criticada. Que la ciencia tenga límites, que la tecnología nos deshumanice o que se cargue los planetas, o que los sistemas de partidos, y sus alianzas con grandes medios de comunicación y enormes grupos financieros debiliten nuestra democracia parecen no contar. Estamos cegados por el mito más grande de toda la historia: el del progreso.

El mayor problema de este mito es que está tremendamente blindado. Nunca como ahora habían formado un bloque tan grande todos los poderes: el político, el económico, el conocimiento, la información… Las relaciones entre ellos son muy fuertes, y nos presentan una única verdad que todos tenemos que creer. No pretendemos defender aquí que la ciencia, la tecnología o la democracia no tengan valor alguno, pero sí que existen otras manifestaciones culturales valiosas, de las que podemos aprender nuevas cosas, y que también tenemos que ser capaces de criticar nuestra propia cultura. Quizás debamos estar más pendientes de las cosas que pasan a nuestro alrededor: desconfiar de las verdades simples que se nos presentan. Por qué no plantearse (porque de hecho es así) que también hay ciencia y tecnología en otras culturas, y que también de ellas podemos aprender valores positivos. Toda esta tarea es, evidentemente, muy complicada. La primera piedra es empezar con una sencilla pregunta, y seguro que podéis ayudarme a encontrar la respuesta: ¿Qué es el progreso?


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