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El original y la copia

La “copia” de la Gioconda del museo del Prado

Nos sorprendíamos hace unos días con la noticia: la copia de la Gioconda que “dormía” en el museo del Prado [1] fue pintada en la misma época que su original. Parece ser que no por Leonardo, pero sí por un discípulo allegado, por lo que se piensa que podría revelar datos sobre su hermana mayor, la que se exhibe en el Louvre de París. La expectación generada en el mundo del arte es fácil de justificar: estamos ante uno de esos misterios que recurrentemente acaparan agudos estudios y proyectos de investigación que tratan de explicarnos quién era la Gioconda, qué relación tenía con Leonardo y, fundamentalmente, cuál es el motivo que movía a la (son)risa a la buena señora. Discursos y discursos tratando de desentrañar la obra, y que ahora podrían verse modificados por el hallazgo del Prado. Estamos, prácticamente, ante un clon de uno de los cuadros más enigmáticos de la historia del arte.

Dos ideas me vienen a la cabeza al hilo de la noticia. La primera de ellas: la relación del original y la copia. Cuál de los cuadros es el original, y cuál de ellos es la copia. Por qué uno vale más que el otro. Estamos acostumbrados a ver diferentes series de un mismo objeto: desde los grandes del impresionismo a Antonio López. Pintar la misma cosa con distintas luces, o incluso entregarse por completo a la representación de un mismo objeto. Varios cuadros que retratan exactamente lo mismo: ¿Cuál es entonces el original y cuál la copia? No hace falta fijarse en los nuevos medios como la fotografía para hablar de la reproducibilidad técnica del arte, que según Benjamin suponía una amenaza. La fotografía significa un paso más, pero no es un punto de inflexión: ya antes hubo autores que pintaron lo mismo una y otra vez. ¿Se trata entonces de varios originales o de varias copias? ¿Cómo “digiere” el mercado este tipo de fenómenos? Por debajo, está la exaltación o la mitificación de la obra de arte, que nuestra sociedad ha convertido prácticamente en algo sagrado. Unas características de las que solo puede gozar “la original”, concepto que en más de una ocasión se puede ver sometido a crítica.

Y si se critica este concepto de “originalidad” es porque en otros tiempos el artista no respondía a esa imagen del genio que podemos tener en la actualidad. El arte se producía en talleres, que si bien no podemos calificar de “industriales” podían asemejarse mucho a un asunto meramente técnico en diversos aspectos. Estamos cansados de oirlo: este cuadro no es de tal autor, pero sí se pintó en su taller. La propia palabra nos aleja de cualquier mitología. los artistas gustaban de comer tres veces al día, y por eso organizaban la producción de lo que sabían hacer: obras de arte. Un cuadro para tal pared o una escultura para la iglesia de no sé dónde. La estatua ecuestre del vencedor de la última batalla. Todos los grandes estudios, el Discurso del arte, así, con mayúsculas, se muestra una construcción endeble cuando reparamos un poco en cuáles fueron las condiciones que realmente llevaron a artistas y escultores a realizar sus obras. Y si hay un exceso de demanda, ocurre lo mismo que en cualquier fábrica: se contrata a buenos trabajadores que saquen la producción adelante. Considerando todo esto, ¿hasta qué punto tienen sentido todas las cosas que se dicen sobre el arte? No se pretende con esta pregunta equiparar un cuadro a un coche o un mueble del Ikea, pero sí resaltar que quizás los propios autores, y sus colaboradores, se asombrarían de las que cosas que se escriben de sus obras.


Anotacion impresa de Boulé: http://www.boulesis.com/boule

Enlaces que aparecen en esta anotación:
[1] fue pintada en la misma época que su original: http://cultura.elpais.com/cultura/2012/02/01/actualidad/1328094691_560118.html

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