El síndrome de la medalla de plata
Cuando las cosas no van como pensábamos · Actualidad
Junto al síndrome postvacacional tan propio de estas fechas unos cuantos deportistas (olímpicos y paralímpicos) estarán recuperándose del “fracaso” que supone ganar una medalla de plata en las Olimpiadas. Un sentimiento de frustración compartido con varios cientos de deportistas que han logrado la segunda posición en sus respectivas competiciones. La mente humana funciona así: durante dos semanas hemos podido comprobar la exultante alegría de los ganadores del bronce contrastando con la tristeza y el gesto torcido de los laureados con la plata. Si lo enfocamos de un modo puramente racional, quedar segundo siempre es mejor que mantenerse en la tercera posición. Sin embargo, un mensaje bien distinto nos lanzan, a veces, nuestras emociones: el deportista plateado añora el oro, mientras que el bronceado sabe que ha podido estar cerca de quedar fuera del podio, obligado a contentarse con un diploma olímpico.
Valorar una medalla de plata nos lleva al campo de la psicología. Entran en juego variables como la apreciación de nuestra propia capacidad, las expectativas que nos formamos en función de la misma, la habilidad del resto de competidores y la influencia de factores externos, como pueda ser el arbitraje, las condiciones climatológicas, posibles indisposiciones… Todo esto hace que la plata sea recibida con tristeza o con la mayor de las alegrías, pudiendo dejarnos incluso cierto sabor a oro en el paladar. Los juegos olímpicos que acaban de terminar son un ejemplo excelente: hemos visto recoger platas con tristeza, pero también con increible entusiasmo.
En el deporte es importante la actividad física, pero tanto o más lo es el trabajo y la actitud psicológica. Tanto a la hora de competir como en el momento de las medallas: la mentalidad de los deportistas, su resistencia, capacidad de sacrificio o de sufrimiento no se trabajan sólo en los gimnasios. Y tampoco la forma de afrontar una derrota, por esperada o inesperada que sea. Algo que, no nos engañemos, no ocurre sólo en el deporte: todos nosotros vivimos permanentemente realizando apreciaciones de nuestros logros en función de nuestras expectativas y adoptamos diferentes actitudes cuando la realidad no es la que nosotros esperábamos. No ganamos medallas de plata, es verdad, pero tenemos que saber sonreír o fruncir el ceño cuando las cosas no van como nosotros esperábamos. Cosas de la vida: nos toca afrontar la parte “amarga” del deporte, sin poder colgarnos nunca una medalla.
del.icio.us Technorati Fresqui Docencia


