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Entrevista a Felipe Garrido y Ximo Llerena (I)

Preguntas sobre el sistema educativo

Ofrecemos hoy la primera parte de la entrevista a Felipe Garrido y Ximo Llerena. Por si algún lector no hubiera estado al tanto en su día, ambos son bien conocidos entre los profesores de filosofía por su trabajo conjunto en antes de las cenizas, pero también por sus colaboraciones en deseducativos o por su implicación, junto a otros profesores, en iniciativas que pretenden fomentar la filosofía en la Comunidad Valenciana. Hoy nos centraremos en preguntas relacionadas con el sistema educativo. Abrimos la entrevista con una pregunta planteada por Javier P. en los siguientes términos: Se avecina un cambio de gobierno, o al menos así lo dicen todas las encuestas. Y se dice que habrá cambios educativos. ¿Cuáles serían en vuestra opinión las medidas esenciales que habría que introducir" A ser posible, explicado en tres o cuatro principios básicos.

Respuesta: Es difícil plantear medidas concretas sin que suenen a ‘panacea’. Sin embargo, parece más interesante reflexionar sobre los principios básicos que debieran inspirar esas medidas. El primero de estos principios no puede ser sino el principio de no contradicción. Y no se trata sólo de prevenir la contradicción interna de las normas, sino también evitar que éstas contradigan a la realidad. Aunque se aprobara una ley orgánica que afirmara que dos más dos son cinco, la realidad matemática permanecería igual, aunque clandestina. De un tiempo a esta parte, las leyes educativas han entrado en contradicción con la realidad de lo que es la relación entre un profesor y sus alumnos, fingiendo que el profesor no es una autoridad en la materia que imparte o que el alumno es capaz de desarrollar autónomamente sus conocimientos, por ejemplo. Contradicciones como estas entorpecen gravemente la enseñanza, si no la impiden, y como ex contradictione quodlibet, son fuente de las arbitrariedades más esperpénticas y, por lo tanto, de injusticia.

"Si leemos los curricula de las distintas asignaturas comprobaremos que lo que se espera que lleguen a dominar los alumnos supera con creces la capacidad de los más aplicados estudiantes. En ese sentido, el nivel es descabelladamente alto. Probablemente debido a su irracionalidad, los curricula carecen de toda credibilidad en la práctica. "

El segundo principio que proponemos, entonces, es el principio de justicia. Esta justicia se expresa primeramente como la garantía efectiva de la igualdad de oportunidades de todos. Pero garantizar la igualdad de oportunidades supone aceptar la desigualdad entre los alumnos. Negar la desigualdad, no sólo social, sino también intelectual y física tiene una penosa consecuencia: la desprotección del débil. Éste ha de ser reconocido como tal para poder ser atendido adecuadamente. Pero además, una evaluación que no distingue entre el que no sabe y el que sabe es injusta porque miente, a los alumnos y a la sociedad entera, fingiendo que han alcanzado las ‘competencias básicas’; una disciplina timorata y ‘mediadora’ es injusta porque no protege al débil; un sistema, en suma, que coge a los individuos y les obliga a hacer y, por lo tanto, a ser lo mismo durante la infancia y la adolescencia es injusto porque obliga también al fracaso y niega lo más humano: la libertad.

Ha de ser, por lo tanto, el tercer principio, el principio de libertad. No se trata sólo de la libertad de cátedra, imprescindible, ni tampoco de la libertad de elección de centro de los padres, sino otra libertad no tan frecuentemente reconocida: la misma libertad de los alumnos para ser quien elijan ser. Por mucho que se niegue, los alumnos eligen. El problema es que actualmente sólo pueden elegir entre ESO o nada. Y muchos, muchísimos, eligen la nada de los brazos cruzados en clase y se dedican a esperar los dieciséis abonando vicios, malos hábitos e ignorancia. Las reformas deben dar cauce a la libertad de los individuos; aunque temamos que se equivoquen. Porque todo el mundo se equivoca. Precisamente por ello hay que ser prudentes.

Llegamos así al cuarto principio: el principio de prudencia. La educación es un proceso muy complejo, en el que difícilmente podemos tomar en consideración todos los factores involucrados. Cualquier cambio o innovación tendrá consecuencias que no habremos podido predecir. Sin embargo actualmente existe un empeño irracional en la innovación educativa. Parece que todo lo que sea nuevo es ipso facto, mejor. Pero toda innovación debe prever su fracaso, no dando por supuesto su éxito. Se trata de evitar el dogmatismo y de apartar de las decisiones a cuantos iluminados buscan construir sus sueños utópicos con piezas de verdad.

Estos principios -no contradicción, justicia, libertad y prudencia- deben regir, a nuestro juicio, cuantas reformas se lleven a cabo en educación. Y no nacen de la mera buena voluntad, sino que son el resultado de comprobar que en nuestro sistema educativo las contradicciones, las injusticias, la servidumbre y el dogmatismo no son, en absoluto, excepcionales. Ojalá cambie la cosa.

Otro de los lectores, Guille, ha enviado dos preguntas relacionadas con vuestra colaboración en Deseducativos. La primera de ellas se refiere a la relación entre política y educación: ¿Qué posición tomáis desde Deseducativos respecto a la relación entre política y educación"

Respuesta: Nosotros no podemos hablar en nombre de Deseducativos, de modo que nos limitaremos a ofrecer nuestra visión personal de esa relación entre política y educación. El sistema educativo es una criatura de los Estados modernos y, por lo tanto, de la política moderna, y eso no puede ser de otra manera. Esto significa que el sistema educativo, en cuanto realidad política hereda de ésta sus virtudes y sus defectos. La educación hereda de lo político su naturaleza pública y su aspiración a proteger las libertades y derechos individuales. El Estado es la garantía de que la educación no se convierta en un mercadillo de tendencias ni en un coto privado de caza para ideólogos, sectas y oportunistas. Sin embargo, como todos los hijos, la educación hereda de la política también sus vicios. En la educación vemos reproducirse el partidismo más mezquino y cortoplacista, la corrupción, el despilfarro, la manipulación, el dogmatismo y la demagogia. Esta relación entre educación y política nos obliga a situarnos ante ella con una actitud crítica consistente en exigir a la educación la virtud política y denunciar sus vicios o, dicho de otra forma, en pensar acerca de los límites del Estado en relación con la educación.

Y profundizando en el problema de la politización de la educación, el mismo lector sugiere que las medidas defendidas en Deseducativos transmiten ideas más cercanas a los partidos conservadores. ¿Estáis de acuerdo con esta crítica"

Respuesta: Lo cierto es que no consideramos negativo que un partido político ‘conservador’ sostenga ideas semejantes a las que se transmiten en Deseducativos, como tampoco nos molestaría que las asumiera un partido ‘progresista’. Si las ideas que allí se defienden son asumidas por alguna organización política, pues mejor. En cualquier caso no está tan claro que así sea. Deseducativos no es un proyecto conservador, más bien es revolucionario.

No sé si estaréis de acuerdo en una crítica habitual al sistema actual, que hace referencia al "bajo nivel” del mismo. En caso de que así sea, quisiera plantearos la siguiente cuestión: si poniendo en práctica este "nivel” de exigencia, tenemos un alto fracaso escolar, ¿qué ocurriría si aumentáramos la exigencia" ¿Qué soluciones se os ocurren para el fracaso escolar"

Respuesta: No está nada claro a qué nos estamos refiriendo con el concepto de ‘fracaso escolar’. No oímos hablar del ‘fracaso médico’ para los casos en que los pacientes se mueren o no se curan, ni de ‘fracaso judicial’ para las sentencias injustas o los juicios malogrados; tampoco oímos hablar de ‘fracaso policial’ cuando a alguien le roban la cartera. Se diría que la única institución pública en la que cabe el fracaso es la escuela, y eso no deja de resultar sospechoso. Nosotros hablaríamos de una ‘escuela fracasada’ cuando la escuela renuncia a cumplir la función que sólo ella (ni la familia, ni los medios de comunicación, ni los amigos ni ‘la tribu’) puede realizar: transmitir conocimiento.

En relación con el ‘nivel’ ocurre un fenómeno muy curioso. Si leemos los curricula de las distintas asignaturas comprobaremos que lo que se espera que lleguen a dominar los alumnos supera con creces la capacidad de los más aplicados estudiantes. En ese sentido, el nivel es descabelladamente alto. Probablemente debido a su irracionalidad, los curricula carecen de toda credibilidad en la práctica. Así que, por alguna suerte de ley de compensación, el nivel realmente exigido es en ocasiones prácticamente nulo. Esto es favorecido además por unos criterios de evaluación tan flexibles que prácticamente permiten considerar que cualquier nivel es satisfactorio. La ‘moda’ de expresarse en términos de ‘competencias básicas’ también contribuye a la plasticidad de la evaluación.

Tal vez, si disminuyéramos las exigencias curriculares y se evaluaran los conocimientos reales de los estudiantes, el nivel de exigencia en clase aumentaría. Ignoramos si esto haría disminuir el ‘fracaso escolar’, pero evitaríamos que la escuela fracasara. Para muchos estudiantes puede que incluso la escuela se volviera un sitio interesante.

Otro de los temas que me parecen interesantes es el de la relación educación-sociedad, ya que se encuentra en la última la causa de algunos de los problemas de nuestro sistema educativo. Por ejemplo, se habla de pérdida de autoridad, de faltas de respeto continuadas de los alumnos a sus profesores y compañeros, o de un recurrente desafío a las normas de los centros. ¿Hasta qué punto son los centros educativos responsables de estas circunstancias y no son consecuencia directa de transformaciones sociales que van en la misma dirección" ¿Qué medidas se os ocurren para aplacar este tipo de problemas"

Respuesta: Tal vez haya existido una Arcadia feliz en la que los alumnos reconocieran sin fisuras la autoridad de los profesores, y en que las relaciones personales fueran siempre exquisitas y respetuosas o que las normas de los centros fueran asumidas como mandatos divinos. Pero nosotros no hemos conocido esa Arcadia. Tampoco ahora la falta de respeto y el gamberrismo son la norma ni son peores que en otros tiempos. En muchos casos, diríamos, no ha aumentado la gravedad de las fechorías, sino la sensibilidad de las instituciones educativas. Paradójicamente, otros comportamientos que estarían mal vistos hasta en una cueva de ladrones, son tolerados, comprendidos y ‘mediados’ sin mayor dificultad. Sí es cierto que al ampliarse la ‘población estudiantil’, la convivencia en los centros se ha complicado. Y se complica tanto más cuanto mayor es la edad de los estudiantes obligados a permanecer allí. La diferencia no la ha marcado la sociedad, sino las leyes. Es posible que al final los problemas de convivencia favorecidos por esas leyes se hayan trasladado a la sociedad, no al revés. Los centros poco pueden hacer al margen de redactar reglamentos de régimen interno sensatos, claros y realistas, lo que, dicho sea de paso, no creemos que sea una práctica generalizada, por mucho que el buen sentido "sea la cosa mejor repartida del mundo”.

Una última pregunta un tanto comprometedora, pero que no puede faltar en estos momentos. Estamos asistiendo a modificaciones sustanciales en las condiciones laborales y en la oferta educativa correspondiente en varias comunidades autónomas, siendo la de Madrid quizás la más representativa. A esto se le unen ciertas decisiones que parecen favorecer la enseñanza privada. ¿Qué opinión os merecen estas medidas" ¿Qué lugar debería tener la enseñanza privada y la concertada dentro del sistema educativo"

Respuesta: En primer lugar, parece evidente que perder miles de profesores no es algo de lo que se pueda presumir ni mejora la calidad de la enseñanza pública. Seguramente hay muchas otras partidas más prescindibles en la enseñanza que los profesores y no se tocan.

Respecto a la enseñanza privada, su posibilidad y su existencia son algo que merece ser protegido por los poderes públicos. Allí donde no se permita la educación privada, probablemente la educación pública no será verdadera educación, sino propaganda. Sin embargo, todo ‘favor’ que no sea garantizar su privacidad, contribuirá a la desaparición de la escuela privada en cuanto tal, lo que no es deseable. Que la escuela privada sea privada significa que lo único que ha de recibir del Estado es la legislación a que ha de atenerse. En cuanto la escuela privada empieza a ‘deberle favores’ a los poderes públicos o, lo que es peor, a algún partido en el poder, pierde lo que la hace algo digno de protección: su independencia, su autonomía y su libertad, lo que constituye, además, un fraude para todos los contribuyentes.

Los profesores de la pública perdemos mucho tiempo ocupándonos de la privada; debemos centrarnos más en la pública, prestigiarla, defender su calidad, exigir recursos etc.. Lo grave y lo preocupante para nosotros es que la educación privada sea sinónimo de calidad frente a la pública, pero esto solo es así si la educación pública se degrada. Si la educación publica es eficiente y de calidad estará prestigiada y para nosotros será irrelevante -o superfluo- lo que la privada pueda ofrecer.

El lugar de la escuela concertada es más complejo dada su naturaleza híbrida. Probablemente tiene valor como solución a una demanda que, por razones prácticas, no siempre puede ser satisfecha por los centros públicos. Sin embargo, ni estos poderes, ni los centros concertados, ni sus empleados y usuarios deben olvidar nunca, como ocurre con harta frecuencia, que los fondos de los que se nutren estos centros son públicos, y por lo tanto también lo es su servicio.

Mañana ofreceremos la segunda parte, con preguntas sobre la enseñanza de la filosofía

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