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Impuestos y democracia

¿Qué pasa si no me gustan las partidas de gasto público?

Hace uno meses fue uno de los temas que animó el verano, pero como se puede comprobar no deja de estar de actualidad. Me estoy refiriendo a la distribución del gasto público en democracia. Parece ser que algunos ciudadanos consideran que en tanto que ellos pagan sus impuestos tienen derecho a decidir qué se hace con ellos. Y en el caso de que tal posibilidad no se vea realizada, se creen igualmente legitimados para organizar manifestaciones públicas que pueden incluir desprecio hacia lo subvencionado o incluso conatos de comportamientos agresivos y violentos. Y en caso de que tal violencia sea criticada, se piensa que no vivimos en una sociedad democrática. De manera que al final se desata una cadena de críticas que conviene revisar, no vaya a ser que cuestionando según qué tipo de actuaciones, en el fondo se esté atacando a toda la sociedad, que es precisamente la unión de individuos que renuncian a ciertos derechos para crear una unidad política con capacidad de decisión y organización.

Queremos decidir sobre nuestros impuestos. De acuerdo. Si abrimos la posibilidad, habrá quienes no quieran dar ni un céntimo público a la iglesia católica, de la misma forma que otros cuestionarán las subvenciones que reciben los sindicatos, los partidos políticos y las asociaciones a favor del lacisimo. En la última semana he escuchado críticas iracundas hacia las subvenciones de la campaña de los partdos. Otros dirán que pagar el sueldo de los jugadores de la selección es un derroche injustificado. Los fans de Lady Gaga no querrán que se gaste nada en los conciertos de Metallica, y la asociación de amigos de la capa pondrán en duda el dinero que recibe la Madrid Fashion Week, ahora que la moda también es cultura. El problema no es que esto sea impracticable, sino que en el fondo significa, en términos políticos, la fractura de la sociedad. Vivir en una sociedad democrática implica la aceptación de unas reglas del juego, y no es muy coherente atacar esas reglas cuando su resultado no me gusta y respaldarlas cuando me es favorable. La democracia es otra cosa, que peligra precisamente cuando está sometida al capricho de un individuo o grupo de invidiuos que tratan de someterla.

Como no vivimos en pequeñas ciudades estado, el acuerdo es sencillo: necesitamos que haya un grupo de representantes que tomen las decisiones, no sólo en lo tocante a cómo se distribuye el presupuesto, sino también a otras muchas cosas. Si aquellos a los que elijo deciden que mis impuestos se gasten en el espiritismo como forma de sanación, me queda una opción bien sencilla: dejar de votarles y buscar otros representantes. Y en último término, si creo que todos están equivocados, puedo crear mi propio partido, elaborar mi programa y decir, entre otras cosas, en qué voy a gastar el dinero público. Cualquier otro movimiento tiene una legitimidad más que dudosa, y más aún si se desarrolla con actitudes degradantes, agresivas o violentas. Dicho en otras palabras: España es un país que presume de democracia, cuando no sabe vivir democráticamente. Nuestra tradición democrática es aún breve, y tendemos a tirar de insulto, puño y mala baba cuando algo no nos gusta. Nos falta educación moral y política: ni sabemos convivir ni sabemos vivir en democracia. Y lo que nos queda por ver...