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La inexistente crisis de valores

De tanto repetirlo van a conseguir que nos lo creamos: alguien se ha empeñado en hacernos pensar que vivimos en una “crisis de valores”, fuente primigenia de no pocos de los problemas que nos rodean. Cualquier debate televisivo suele incluir siempre algún contertulio que hacer referencia, directa o indirecta, a la consabida “crisis de valores”, sin que nadie haya explicado nunca en qué consiste. Se me ocurren al menos dos maneras de entender la desdichada expresión. La primera de ellas se limitaría a fijarnos en los dos grandes sustantivos: crisis y valores. Si nos atenemos al significado más literal, la crisis de valores significaría su desaparición completa, su hundimiento en el olvido. Si tal crisis de valores existiera, el ser humano viviría “desfondado” o “desplomado”, es decir, carecería de criterios desde los que orientar su vida. La mayor refutación de esta interpretación consiste en abrir los ojos y mirar por la ventana: el mundo sigue ahí. La gente se levanta por las mañanas, hace cosas. Vive. Sin valores no sería posible vivir, ya que son imprescindibles para tomar decisiones. ¿Acaso alguien no decide nunca porque ya no tiene valores desde los que elegir?

Esta interpretación “rígida” parece no tener mucho sentido. Seguramente, los que se refieren a la crisis de valores quieren añadir una última palabra al sustantivo ético: “tradicionales”. Desde esta perspectiva las formas de vida actuales habrían acabado con otros modos de vivir y de interpretar el mundo: la crítica de la religión, el debilitamiento de la familia como nucleo de la educación moral o el desvanecimiento de cualquier clase de autoridad moral son sólo síntomas que nos hablan de que lo que antes “valía” ha dejado de estar vigente. Ya no vale más. Esta crítica velada al tiempo presente nos recuerda irremediablemente esa [1] sensación de decandencia que Popper calificó de “historicista”. La nostálgica reivindicación de un pasado que no era tan “bueno” como se piensa frente a un presente que tampoco puede ser tan malo como se pretende. ¿Puede esto calificarse de “crisis de valores”? No faltará quienes piensen que sí.

Valores, haberlos haylos. Otra cosa es que “gusten” o no, como si la ética fuera un asunto casi gastronómico. Y para muestra un botón: el dinero, la imagen, el éxito, la fama, la popularidad, la belleza. Todos ellos son valores que nuestra sociedad prestigia y enaltece. Como decía antes: es suficiente ver cómo vive la gente, a qué dedica su tiempo y su esfuerzo. Con eso podemos saber al momento qué es lo que valora. Observación que debemos situar en un contexto amplio, flexible, en el que seamos capaces de superar clichés maniqueos de buenos y malos: los tiempos cambian, y puede darnos algo de “vértigo moral”. Vivimos en una sociedad abierta, en la que las creencias y las ideologías han dejado de jugar un papel homogeneizador. No faltan quienes intentan que estemos todos cortados por el mismo patrón “moral”: instancias de poder que de una forma más o menos visible nos “producen”. Modas, consumos, pautas, fiestas, alegrías y penas. ¿Hay suficiente “sustancia” como para hablar de “crisis de valores”?


Anotacion impresa de Boulé: http://www.boulesis.com/boule

Enlaces que aparecen en esta anotación:
[1] sensación de decandencia: http://www.boulesis.com/boule/tiempo-y-decadencia/

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