La integridad de la obra de arte
Que los objetos artísticos poseen una capacidad simbólica parece fuera de toda duda: observando atentamente el legado de pintores, escultores o arquitectos somos transportados a nuevos significados, a maneras de ver el mundo. El arte nos transmite mensajes, es capaz de llevar dentro de sí una fuerza comunicativa irreductible al lenguaje oral o escrito. En definitiva: el arte es capaz de mostrarnos el mundo e incluso de construir uno nuevo. Lo asombroso del asunto es que ni siquiera necesitamos una obra de arte completa para que se ponga en funcionamiento este proceso simbólico: la ruina y el fragmento son más que suficientes. Si pensamos, por poner un ejemplo, en la [1] Venus de Milo no necesitamos que los brazos estén presentes para dejarnos maravillar por la escultura. Cuando es artística, hasta la ruina es capaz de maravillarnos, lo cual nos lleva a pensar en la integridad de la obra de arte: ¿Cuáles son las características indispensables para que una obra de arte siga siéndolo, para que no pierda su poder evocador?
La pregunta no es tan sencilla como pudiera parecer, y podría trasladarse a todas las artes. Poemas o novelas inacabadas (acaso tan sólo esbozadas) han pasado a jugar un papel determinante en algunos momentos de la historia de la literatura. Edificios como el [2] Partenón de Nashville nos parecen una burda copia, muy alejada de su [3] modelo ateniense. No importa que al original le falten columnas y que su contemplación apenas nos ofrezca una imagen alejada de lo que tuvo que ser el original. En este edificio encontramos valores estéticos, creencias y pautas de vida de toda una civilización. El edificio de Nashville puede tomarse como ejemplo de la falta de ideas de los arquitectos del siglo XIX: no es capaz de “hablarnos” de civilización alguna, a no ser que la mera imitación pueda entenderse como un síntoma del vacío de historia, arte, filosofía o religión de los estados norteamericanos en sus primeras décadas de existencia. La ruina vale infinitamente más que su copia perfecta.
El fragmento parece conservar dentro de sí ese valor simbólico al que se hizo referencia al principio. La destrucción lenta y paulatina del paso del tiempo o de la barbarie parece ir dejando en las obras un poso cultural y artístico. ¿Podría darse el caso de que una obra “rota” sea preferible a su original? Quizás sea aventurado afirmar que el Partenón griego original no valdría hoy tanto como lo que nos queda de él. Sin embargo, la historia del arte está llena de “felices” destrucciones artísticas y de milagrosos rescates: grandes autores que pintaron sobre creaciones de menor valor artístico y descubrimientos imprevistos de joyas que respiraban bajo repintados de dudoso valor. El azar parece pintar y esculpir tanto como la atinada mano del artista. El trozo consigue hablarnos del todo sin perder su simbolismo y en medio de todos estos procesos se sitúa la reflexión en torno a la integridad de la obra: ¿Cuánto podemos “robarle” a la pieza original sin que pierda su capacidad artística? ¿En qué momento “muere” esa pieza, de ser símbolo o de transmitirnos un mensaje? ¿Acaso había elementos superfluos o innecesarios en la obra íntegra? ¿O será que hablamos de distinta manera con el todo que con su pedazo? Algunas preguntas artísticas para empezar la semana.
Anotacion impresa de Boulé: http://www.boulesis.com/boule
Enlaces que aparecen en esta anotación:
[1] Venus de Milo: http://es.wikipedia.org/wiki/Venus_de_Milo
[2] Partenón de Nashville: http://es.wikipedia.org/wiki/Parten%C3%B3n_%28Nashville%29
[3] modelo ateniense: http://es.wikipedia.org/wiki/Parten%C3%B3n
Click aqui para imprimir.