La invasión de la ética
En estos días estamos comenzando a hablar en clase de diferentes problemas éticos. Y en muchos de ellos hay una particularidad muy llamativa: a la vez que se trata de grandes problemas mundiales, todos, a nivel individual, podemos tomar decisiones que podrían llegar a modificar la situación actual. Solemos siempre echar balones fuera, y decir que no está en nuestras manos poner freno al hambre, la pobreza, el trabajo infantil, la polución y la desertización. Es uno de los síndromes de este mundo nuestro: todos los días desfilan delante nuestro miserias y calamidades, de las que no necesariamente nos sentimos responsables, y a las que, pensamos, no podemos aportar ningún tipo de solución. La ética se puede poner de manifiesto cuando tratamos con los demás, o en el propio desarrollo de nuestra vida, dependiendo de las actitudes o comportamientos que adoptemos. Pero ¿acaso somos culpables de grandes problemas mundiales?
Pues la respuesta no está tan clara. Podemos aceptar que este mundo lo hemos heredado así, pero también hemos de reconocer que quizás no hagamos todo lo que está en nuestra mano para mejorarlo. Y es aquí donde la ética termina invadiendo casi todos los espacios de la vida: existe, por ejemplo, una ética del consumo. Nuestras elecciones en el supermercado (o en las tiendas de comercio justo) puede servir para mantener el sistema tal y como está, e incluso reforzarlo. Por el contrario, si optamos por “castigar” a las empresas con prácticas laborales inaceptables (por poner un ejemplo) expulsándolas de nuestra lista de la compra, quizás podamos hacer que poco a poco todas estas empresas vayan tomando conciencia de que es necesario un cambio. El trasfondo es, en muchos casos, económico: a todos se nos llena la boca con grandes ideales, pero al consumir no estamos dispuestos a gastar un poco más en productos con garantías “morales” (si se puede hablar así), y terminamos acuidiendo a los de grandes multinacionales de dudosos procederes.
Y al hablar de consumo, hemos de enteder esta palabra en un sentido amplio: extenderla, por qué no, al consumo energético, pero también a los desechos que genera nuestro consumo. Desde que encendemos la luz por la mañana o tiramos de la cadena del baño, hasta que bajamos a tirar la basura, tenemos opciones para ahorrar energía, por no hablar de cuando vamos cómodamente sentados en nuestros potentes coches. La ética ya no es “sólo” un asunto de felicidad o de justicia. O quizás, porque estamos empezando a entender estas palabras en su sentido más auténtico, es solamente eso: felicidad y justicia, pero de todos. Comprender que hoy en día nuestros destino es común, y que no podemos dejar de lado a los que no pueden acceder a nuestro nivel de vida, es un primer paso. Y si entendemos esto, se me hace difícil imaginar cualquier comportamiento humano que no pueda tener connotaciones éticas…
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