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La muerte de la curiosidad

En estos primeros días de clase, solemos comenzar con un tema introductorio, que no por serlo deja de ser conflictivo y problemático: ¿Qué es filosofía? Algo peculiar, incomprensible e innecesario en otras disciplinas: mientras que los profesores de física, matemáticas o inglés empiezan explicando sus materias, los de filosofía tenemos la costumbre, quién sabe si mala, quién sabe si sana, de dedicar unas cuantas horas a cuestionarnos a nosotros mismos, de poner entre interrogantes nuestra propia asignatura. Y en estas primeras clases se suele subrayar una muy recomendable actividad filosófica que está cayendo en desuso: preguntarse cosas. La chispa de un interrogante es la que dió energía a toda la corriente filosófica que vendría después, y puede que poco a poco se esté agotando, ante todas las respuestas prefabricadas que recibimos. Así que hoy voy a tratar de responder a una pregunta tan sencilla como ¿por qué ya no nos hacemos preguntas?

La respuesta parece sencilla: porque todo tipo de cuestionamiento es reprimido. Se comienza en la infancia, cuando los padres o hermano no tienen suficiente paciencia para soportar a ese pequeño filósofo que todos llevamos dentro. Cuanto oimos 3 o 4 veces la pregunta esencial, ese “¿qué es…?” por el que los niños “aprenden” el mundo, o ese “¿Por qué…?” con el que buscan las causas, terminamos cansándonos y diciendo aquello de: “niño, no preguntes más…”. Suelo contar que un verano iba una madre con su hijo por la playa, y éste, de repente, no tuvo otra ocurrencia que preguntar lo siguiente: “Mamá , ¿por qué existen los humanos?”. La madre respondió dándole una pequeña colleja y diciendo: “Calla hijo, no preguntes tonterías”. Preguntones que somos, que siempre hemos sido, y que poco a poco nos vamos instalando en las respuestas fáciles, o en el abandono de esa actividad filosófica.

A esta acción tan antifilosófica que comienza en las familias, se le une una educación mal orientada: la de aquellos profesores (espero que sean los menos…) que ofrecen respuestas, soluciones, y no problemas. La de aquellos profesores de los cuales los niños aprenden cómo es el mundo, y cuáles son sus leyes fundamentales. Es evidente que todos tenemos que enseñar algo. Pero, ¿por qué no terminar siempre aludiendo a la complejidad y a las dificultades que rodean a lo enseñado? Conseguir hacer estas referencias, adaptándonos al nivel de nuestros alumnos es digno de todo elogio. De lo contrario, la educación se convierte en adoctrinamiento, algo que, para rematar el asunto, hacen también los grandes medios de masas y la enorme industria cultural. Podemos ser injustos con nuestros descendientes, y dejarles un mundo cerrado por herencia. Pero podemos también intentar lo mejor por ellos y regalarles algo que no todo el mundo ha podido disfrutar: un mundo por pensar. Y para ello, es imprescindible que se hagan preguntas.


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