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La parte por el todo

Sobre las falacias del lenguaje.
Que el lenguaje tiene un poder muy particular es algo que ya sabían en su día los sofistas. Precisamente ellos pretendían ser los mejores maestros en las polis atenienses. En una sociedad en la que las cosas se deciden a través de la discusión pública y común, la palabra jugará un papel fundamental: aquel que la domine, dominará igualmente a todos los demás. Controlar el lenguaje era tener la posibilidad de disponer de la polis a su antojo, y por eso enseñaban a sus discípulos oratoria y retórica. Curiosamente, disciplinas hoy despreciadas en nuestras "democráticas" sociedades occidentales. No sé si realmente somos capaces de valorar a las personas que hablan bien, a aquellos que nos encantan y nos hechizan con las palabras, pero lo que sí sé es que hoy en día muy pocas personas intentan estar al día en estas lides. Si los griegos, primeros demócratas "experimentales", cuidaban tanto el lenguaje, algo parecido deberíamos hacer nosotros. No tanto para dejar a los demás pasmados cuando hablamos, pero sí al menos para ser capaces de detectar cuándo nos están engañando. Para ello, no viene mal del todo recordar algunas de las falacias que circulan diariamente. Quizás se pueden encontrar sobre todo en televisión y en política. Basta que un partido gane unas elecciones para que se diga: "El pueblo ha elegido nuestro partido". ¿Cuántas personas han votado realmente" De ese porcentaje, ¿cuántos eligieron al partido ganador" Basta con echar números para darse cuenta de que eso de "el pueblo" es quizás demasiado amplio y genérico, detalle que no le interesa, ni mucho menos, destacar al político de turno. Que las falacias son una moneda de cambio común en política se advierte en la misma noche de unas elecciones, cuando los partidos hacen su balance particular: independientemente de los resultados, todos han ganado o han salido favorecido en algún aspecto. Y algo parecido sucede en televisión: las siempre presentes cifras de audiencia dictan sentencia sobre qué es lo que les gusta a los ciudadanos, y cuáles son los mejores programas. Si un programa tiene una audiencia muy alta, inmediatamente se convierte en un fenómenos de masas, seguido por todo el país. No importa que haya millones de personas que no gustan de ver la televisión, o que otros tantos estuvieran viendo otro programa. Lo peor del caso es que aquí, además, se termina haciendo un juicio puramente valorativo: "Si un tanto por cierto mayoritario, el que sea, estaba viendo tal programa, eso significa que es bueno". Al final, ver tal programa se convierte casi en un imperativo. "Pero, ¿cómo" ¿Qué no viste tal capítulo de esta serie o este concurso" Pero en qué mundo vives..." nos dirá más de uno. A menudo tomamos la parte por el todo. Y, cuando lo hacemos, tomamos siempre la parte que más nos interesa. ¿Se os ocurre alguna otra falacia televisiva o política"

El año pasado aprendí que este tipo de falacia se llama "Generalización incorrecta" (tampoco es difícil de deducir). La explicación que nos daba el profesor de filosofía era que "la base de datos de la que partimos es insuficiente". Vamos, que tienes toda la razón :)