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La querella de los iconoclastas

Destrucción/indiferencia/fanatismo simbólico

Icono bizantino. ¿Objeto a venerar o a destruir"En todo el medio de la edad media (discúlpese el posible anacronismo por el juego de palabras) se desató una polémica peculiar, que encontraba su origen en la religión pero terminaba afectando al arte. Se debatía sobre el respeto debido a la divinidad, pero también sobre la capacidad del arte para reflejarla. La cuestión no era sólo si se creía en Dios en un tiempo de supersticiones y dominación del pensamiento religioso. La clave de todo era si se creía en el arte. El poder y la fascinación de la imagen frente a los que rechazaban su empleo. Por un lado estaban los que consideraban que el símbolo artístico era inútil, que fracasaba en su misión de captar y transmitir la divinidad. No sólo eso: las creaciones artísticas podían engañar al pueblo y las personas podían terminar adorando los iconos, y no al Dios que representaban. La consecuencia era inmediata: los iconos debían ser destuidos. El arte no servía y podía ser perjudicial. Frente a esto, había quien defendía el valor de las imágenes su capacidad de traer a este mundo visible lo invisible, de encerrar el infinito dentro de un objeto finito. El arte valía como mediación. ¿Arte, religión, poder político" Tres elementos esenciales de los destructures/preservadores de iconos.

El caso es que más de diez siglos después estamos en las mismas. Más o menos. La situación de partida no es idéntica: ahora no vivimos en una sociedad en la que se imponga un pensamiento religioso. En las antípodas del mismo, lo corriente ahora es defender la sociedad laica, en la que no haya identificación con ningún credo. Estamos unidos por unos valores políticos comunes, y la sociedad aspira a la máxima neutralidad. Los símbolos religiosos que antes unos destruían por su falta de capacidad son perseguidos ahora por quienes aspiran a una sociedad pura aduciendo precisamente su capacidad expresiva. El caso es que los objetos simbólicos siguen estando en el punto de mira, dándonos que hablar y provocando discusiones sin fin. Habría que preguntarse quién cree más en el símbolo artístico: quien se esfuerza por destruirlo o quien vive con indiferencia respecto al mismo, aquel para el cual el símbolo ha perdido su fuerza simbólica. El perseguidor de símbolos teme el mensaje de lo que destruye, considera inaceptable que pueda ejercer cualquier tipo de influencia. Sin importar que tal comportamiento venga motivado por un fanáticos religioso o por un partidario de la sociedad laica.

Habrá quien piense que el paralelismo no es del todo exacto, pues en un caso se trata de la relación con el pensamiento religioso y en otro de algo que aparece en nuestra constitución, tan denostada y criticada para unas cosas y tan reivindicada para otras. Sin embargo, en el fondo de ambas discusiones, de la medieval y la actual, está el símbolo y nuestra actitud ante el mismo. El ser humano y el símbolo, con el arte entre medias: poca importancia tiene que influya más en nuestro comportamiento un ceda el paso que un crucifijo o una bandera. La efectividad del objeto parece carecer de valor cuando de fondo perviven motivaciones no expresas: creación-sustitución-destrucción simbólica. En esto consiste, en cierta manera, nuestra cultura. Esta es la base de nuestra civilización. Muerto el crucifijo llegará un nuevo símbolo al establecimiento educativo. Y dentro de cincuenta, cien o trescientos años será este denostado, rechazado y prohibido. Mientras tanto, el ser humano seguirá a lo suyo: los iconoclastas a romper. Los descendientes de los bizantinos a orar a su Dios iconizado. Y los profesores y alumnos a aprender, que es de lo que se trata.

P.D: fuente original de la imagen.

Creo que lo que habría que preguntarse ante los íconos (en sentido amplio, no los íconos religiosos) es si realmente son símbolos, signos de algo, o sólo están para tapar el vacío. Quizás muchos de ellos a nada remiten, y únicamente los usamos como "máscaras", para no ver la realidad, que, mucha veces, causa dolor.