La ventana indiscreta
Modernidad e individualismo: ¿quién es tu vecino? · Películas y filosofía
Hace unos días volvían a poner en la televisión uno de los clásicos del cine: La ventana indiscreta. Lo más habitual es quedarse con la trama principal: se trata de una película de intriga en la que se van descubriendo las pistas de un asesinato. Es lo que tiene el aburrimiento y la convalecencia obligada: da tiempo para muchas cosas. Esto es lo que le ocurre al protagonista de la película: tras un accidente no tiene más entretenimiento que mirar por la ventana. Opción que marca ya una distancia respecto a nuestro tiempo: es difícil imaginar que alguien encontrara hoy divertimento en mirar por la ventana, estando a nuestra mano el amplio abanico de “ocio” que nos ofrecen televisiones, radios, y maquinitas de la más diversa índole. Posibilidades técnicas que son, en realidad, otra forma de mirar, más sofisticada y aparentemente moderna. Entrometimiento al fin y al cabo. Porque el ser humano es el animal curioso, que siente el deseo de saber de los demás. Sea a través de una ventana, por medio del correo electrónico o con la llamada telebasura. Vivimos enganchados al resto.
El problema de querer mirar es ver lo que no se quiere ver. Queremos mirar, pero no ver ciertas cosas. Y así le ocurre al protagonista de la película, que va encontrando indicios de que uno de sus vecinos podría ser un asesino. Este es uno de los mensajes encubiertos de la película: no es sólo una historia detectivesca, es también un retrato de ciudades, barrios y bloques caracterizados por sustantivos que nos resultan familiares: anonimato, privacidad, aislamiento, individualismo. ¿Alguna vez has pensado que tu vecino podría ser un asesino? Ni se nos pasa por la cabeza. Y la mejor confirmación son las tragedias cotidianas. A todo asesinato le sigue la declaración mediática del vecino: “parecía una personal normal”. Este es el miedo con el que juega Hitchcock en la película: el peligro podría estar al otro lado de la pared. Las tareas de la vida nos tienen demasiado ocupados como para saber quién vive ahí al lado, sus preocupaciones, sus problemas. Bastante tenemos con lo nuestro como para estar al tanto de lo de los demás.
Hacia el final de la película hay una escena muy significativa: el perro de una vecina muere al caer desde el balcón. La dueña entona un discurso reprobatorio: a quién le importa la muerte de un perro en un edificio en el que nadie se preocupa de los demás, nadie sabe de la existencia del otro. Los bloques de hormigón pobladas por humanos terminan tornándose inhumanos. Individuos aislados que creen tener bastante con ir tirando se funden en una comunidad por accidente: compartir escalera y ascensor es un mal menor, una carga necesaria que hay que asumir si se quiere vivir en ciertas condiciones. La comunidad, los demás, el grupo importa bien poco cuando es la vida de cada uno la que está en juego. A partir de esta lectura es prácticamente irrelevante que el crimen se resuelva y que el protagonista logre conservar su vida: lo esencial es que es la vida continúa en el vecindario. Y en esta ocasión con dos piernas rotas. Más tiempo para observar a los congéneres, a los semejantes que no se preocupan por sus semejantes.


