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Lenguaje: ingeniería y arquitectura

Cualquiera que haya dedicado algún tiempo al aprendizaje de una lengua toma conciencia de, al menos un par de cosas: que podemos aprender la lengua extranjera en la medida en que dominamos la propia, y que aprender una lengua extranjera nos ayuda a utilizar mejor nuestra propia lengua. Pero en medio de todo este proceso, también se puede experimentar la relación que existe entre el lenguaje, la ingeniería y la arquitectura. Por eso es absurdo (y bastante cerrado de mente) ese argumento o queja que se escucha a veces por parte de ciertos alumnos: “Si yo soy de ciencias, ¿para qué tengo que estudiar lenguaje?”. Esto dejaría de decirse en las clases si se viera que el sistema educativo pretende, entre otras cosas, que logremos pensar, actividad inherente al lenguaje. Cuanto más lenguaje utlicemos en nuestra vida cotidiana, cuantos más registros dominemos, mayor será nuestra capacidad de análisis, argumentación y crítica. Algo que puede no interesar a un alumno preocupado sólo por pasar curso y aprobar las asignaturas, pero que debería potenciarse desde todos los ámbitos de la sociedad.

Pero no quiero irme por las ramas. El lenguaje y la ingeniería tienen un nexo común bastante claro: en el aprendizaje de ambos se trata de resolver problemas. No voy a entrar a discutir la complejidad de los mismos, pero la sintaxis del lenguaje no es, en el fondo, más que un sistema de reglas de construcción y transformación de frases. Al aprender inglés, francés o chino, son “clásicos” los ejercicios en los que se nos presenta una estructura sintáctica que después hemos de reproducir en cada uno de los apartados. ¿Qué es esto sino aprender que las palabras siguen un orden y que hay construcciones correctas y otras incorrectas? Salvando las distancias, una actividad similar a aquella que se imparte en muchas escuelas de ingeniería: problemas en los que los alumnos tienen que aprender a introducir un orden, a seguir los pasos adecuados. Todos los que pasan por escuelas de idiomas realizan estos problemas de “ingeniería lingüística” de la misma forma que todos los estudiantes de ingeniería manejan un conjunto de símbolos y fórmulas con el fin de resolver problemas.

Y esta comparación adquiere nuevos significados sin entra en juego la semántica. Ya no se trata sólo de un orden, sino de cómo expresamos los significados, de qué palabras escogemos para aplicar esas reglas de buen orden (sin-taxis) que hemos aprendido. Y se me ocurre que este tipo de habilidad podría compararse con la arquitectura: las palabras son ladrillos o elementos que vamos disponiendo para construir el edificio textual. En los últimos cursos de un idioma se aprende precisamente a identificas los pilares del texto, a descubrir el estilo del mismo y a plantear modos alternativos de construcción. Que el lenguaje, la ingeniería y la arquitectura están relacionados parece demostrarlos un campo semántico compartido: en los 3 hay estructuras, variables, incógnitas, problemas, orden, limitaciones técnicas, diferentes soluciones… Hay que estar demasiado especializado en cualquiera de los 3 para pensar que es una disciplina absolutamente autónoma e independiente del resto.


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