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Los límites del humor

¿Por qué no se puede bromear sobre el dopaje? · Actualidad


Parece ser que amaina el temporal, y dejamos de escandalizarnos por las parodias francesas del deporte español. Algo que debería movernos a reflexión. Para empezar, porque hay un viejo dicho que nos recuerda que el que se pica, ajos come. Y no sé si el error está en que una cadena decida emitir en forma humorística una acusación contra nuestros deportistas o en que se revolucione el país, convirtiéndolo casi en una cuestión de estado. Una indignación que ha recorrido el país: desde las autoridades más representativas hasta los medios de comunicación pasando, como no podía ser de otra manera, por las conversaciones de barra de bar y los pasillos de los institutos. Lo cual es un hecho preocupante: muy mal tiene que estar el país para que hayamos perdido hasta el sentido del humor. Porque igual que un clavo saca otro clavo, debería la guasa la que neutralizara la risa de los franceses. El hecho de que todos se hayan puesto tan serios levanta casi más sospechas que los videos de la tele.

Parece mentira que sea verdad: si de algo suelen presumir los españoles es del buen humor y de la sorna, de encajar las chanzas con la misma ligereza que las sueltan. ¿Se podrán reir del asunto en los carnavales de Cádiz o podrán recogerlo en las fallas? Se ha dicho en muchos lugares estos días: nos parece inconcebible que los islamistas amenacen de muerte a unos caricaturistas por representar la imagen de la Mahoma. Ahora somos nosotros los que saltamos de la silla enervados por el mero hecho de insinuar que nuestros deportistas se dopan. Talibanes del humor. Como si el deporte fuera la seña de identidad del país, o estuvieran tocando la linea de flotación de nuestra vida. Lo peor del caso es la intolerancia que demuestra: vivimos en una sociedad en la que la broma y la risa empiezan a molestar. Sensibilidad extrema para unas cosas, y desinterés por otras: la vida de todos los ciudadanos de este país tiene problemas más acuciantes y graves que el dopaje en el deporte. Cualquiera de las parodias de José Motá debería movernos más a la indignación que los guiñoles franceses. Pero una indignación bien dirigida: contra el poder, contra la sociedad, contra nosotros mismos y lo que somos. Nunca contra el humorista.

Y es que de fondo hay otra cuestión de mayor calado filosófico: los límites del humor. Sobre qué y de qué forma se puede hacer broma y chascarrillo y sobre qué no se puede. Dónde está la frontera de lo ridiculizable. Por un lado, da la sensación de que mantener ciertos personajes, ideas o instituciones fuera de la caricatura es una especie de censura intelectual: no se puede perder de vista que la broma es un asunto muy serio. Allá donde no se permite la bufonada, no está bien visto pensar, indagar, husmear. Que molesten ciertas bromas sobre las instituciones políticas o religiosas o que no se pueda ridiculizar a los deportistas, parecen situarlos fuera de lo humano, porque no hay nada más humano que la broma. Otra cuestión es el buen gusto que la acompañe: se pueden elaborar críticas humorísticas que sobrepasen las fronteras de lo que cualquiera considera buen gusto. Concepto este que no hace más que complicar el asunto: qué sea en cada caso, o qué no sea, el buen gusto es algo muy difícil de establecer. Así que, perplejos ante la seriedad y dificultad del humor, y asustados por la desmedida reacción política y social, dejamos abierta la cuestión como siempre solemos hacer por aquí: ¿De qué y hasta qué punto podemos bromear?

P.D: ¿por qué este video sí es admisible y no los franceses?

§ | Miguel | 16/Feb/2012 | 15:28 | Añadir comentario | Añadir trackback

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