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Mis bestias negras

Autores que no me llaman en absoluto...

Todo el mundo sabe que la formación que se recibe en la Universidad marca sólo un punto de partida. Al menos así ocurre en las carreras humanísticas. Es ilusorio esperar que un profesor de historia sea especialista en todos los períodos que ha de explicar en cada uno de los cursos que imparte. Nadie cree que un profesor de literatura tiene que haber leído todos los libros sobre los que habla en clase. Y seguramente esto ocurra exactamente igual en las asiganturas científicas, que no tienen por qué ser una excepción al respecto. Al final, cada uno tiene sus filias y sus fobias, desarrolla antipatías y odios, y por eso no es ningún escándalo que aunque pueda tocar una parte de la asignatura por la que no se siente una pasión arrebatadora, haya que asumir la tarea con la mayor dignidad posible. Y sobre todo: tratando de ocultar esa laguna, o esa desafección ante los alumnos, que a fin de cuentas han de emprender su propio camino, ya que en eso consiste la vida y la educación.

La filosofía no es ninguna excepción a esta tendencia. Todavía no he conocido un compañero que carezca de su propio altar y de su infierno, de gratas compañías filosóficas que con frecuencia se buscan y de enemigos declarados, con los que se prefiere no tener que cruzarse demasiado. Quien visite esta página con frecuencia sabrá por dónde pueden ir mis aficiones. Y por omisión: los silencios dejan bien claros cuáles son los autores que me hacen torcer el gesto en cuanto veo su nombre en la portada. Pero a modo de ejercicio, y fundamentalmente para proponerlo como tema de conversación, voy a hacer una breve referencia a los que probablemente sean mis bestias negras. Filósofos cuyas obras centrales me han provocado más temor que alegría, y cuya lectura voy demorando sine die, pese a tratarse de figuras centrales de la historia de la filosofía. Y es que tengo la suerte, o la desgracia, de que mis dos autores malditos sean dos grandes como Heidegger y Husserl.

Llegar a leer Ser y tiempo es una de las tareas que me he planteado a muy largo plazo. La cosa va para muy largo, porque de momento, como es natural, ni se me ha pasado por la cabeza comprarlo. Pero el estilo oscuro y el lenguaje incalificable de Heidegger me tiran para atrás. Se me quitan las ganas sólo de pensarlo. Sé que hay otras obras más accesibles, como Caminos de bosque, y que serían quizás la manera más adecuada de poder abir la puerta de la gran obra de Heidegger. Con todo, el hastío se multiplica con cualquiera de las obras de Husserl. Basta con leer el título para que cunda el desánimo y me flaqueen las fuerzas. Me queda el consuelo del tiempo: antes o después quizá se dé una circuntancia planetaria, una coincidencia cósmica que me ponga en un callejón sin salida, enfrentado a Heidegger y Husserla y teniendo que elegir entre cualquier obra escrita por alguno de estos grandes filósófos, cuya lectura me resulta tremendamente aburrida.