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Nacionalidad

Algunas consecuencias "perversas" del derecho a una nacionalidad · Derechos humanos


En el artículo 15 de la Declaración Universal de Derechos Humanos se dice lo siguiente:

  1. Toda persona tiene derecho a una nacionalidad.
  2. A nadie se privará arbitrariamente de su nacionalidad ni del derecho a cambiar de nacionalidad.

Parece razonable entender que este artículo preserva el derecho de todo ciudadano a pertenecer a un país, y que nadie puede arrebatar dicho derecho. Sin embargo, es un artículo más delicado de lo que parece, que puede incluso entrar en conflicto con la pretendida universalidad de la declaración. Y no sólo eso: no hace falta tirar mucho de memoria para recordar casos en los que el incumplimiento de este derecho ha generado problemas políticos internacionales. Veamos algunas de las aristas de la nacionalidad.

El artículo dice, claramente, que tenemos derecho a una nacionalidad, pero obviamente no especifica a cuál. El problema viene precisamente cuando hay un individuo que no está conforme con la nacionalidad que le ha tocado en suerte. Por haber nacido en la nación equivocada: y uso intencionadamente el sustantivo “nación” por su parentesco semántico con la nacimiento. Lo cual nos obliga a relacionarlo con una determinada manera de ser y de vivir. Por la rendija de la nación se van colando otros conceptos: identidad nacional, tradición, territorio, historia, lengua. Se configura un “nosotros” frente a un “ellos”, y los derechos humanos, en teoría universales, vienen a decirnos que todos tenemos derecho a este “nosotros”, al terruño y todo lo que lleva consigo. Algo que es contradictorio, a mi entender con el caracter general de la misma declaración: hablando en el preámbulo de la “familia humana” y tratando de fijar valores universales, respalda el derecho a la nacionalidad, que ha sido fuente de no pocos conflictos entre humanos durante los últimos dos siglos. Una tensión teórica que antes o después tiene que saltar por los aires en ejemplos prácticos.

Así ocurre, pongamos por caso, cuando hay quienes deciden comenzar a matar en favor de una nacionalidad: consideran que su nacionalidad es distinta de la que les ha tocado. Y creen que los derechos humanos pueden respaldar su causa. Así ocurre, también, cuando hay enfrentamientos entre dos sociedades que luchan por llevar una hectárea más allá las fronteras con el país vecino, dando por supuesto que agrandar las fronteras es una manera de fortalecer la propia cultura. Así ocurre, no podíamos dejarlo de lado, cuando en los aeropuertos o en los puntos fronterizos ocurren “descalabros” espacio-temporales o administrativos: naciones que desaparecen en lo que se realiza un vuelo o personas que presentan un pasaporte de un país que no cuenta con el reconocimiento internacional. Conflictos para una razón humana tan estúpida que necesita distribuirlo todo en cajas, en grandes compartimentos: los franceses con los franceses, los italianos con los italianos. Cada uno con su nacionalidad, en un mundo en el que la nación pinta cada vez menos en todos los ámbitos. Por mucho que los derechos humanos se empeñen en proteger el derecho correspondiente.

§ | Miguel | 18/Oct/2011 | 16:29 | Añadir comentario | Añadir trackback

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