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Nada cambia. Nunca.

Una posible respuesta a la visión dinámica de la realidad

Se equivocan, y mucho, los que piensan que el mundo es una sucesión imparable de cambios imposible de dar una estabilidad a la realidad. Se quedan con la anécdota, con la imagen y apariencia de las cosas. Viven, en definitiva, en la superficie. Todos los días vemos cómo se cumple aquella vieja frase: "nada nuevo bajo el sol". La historia es la mejor confirmación de este hecho: los amos y los esclavos han dado paso a otras oposiciones igualmente tensas y contradictorias. Norte-sur, patronal-sindicatos, consumidores y consumidos. El tiempo de los hombres se escribe desde el inicio de los tiempos con la sangre de los mismos, y los proyectos morales y éticos no han dejado de ser tales desde hace varios milenios. Que todo cambie, para que todo permanezca. Nos lavamos la cara o la maquillamos, pero siempre seguimos siendo nosotros, los mismos. La misma gente, la misma sociedad, la misma riqueza y la misma miseria. La redistribución es el espejismo del pobre. Los honores, la comodidad y la fama son el de los ricos. Hoy, igual que ayer y antes de ayer. Siempre igual, siempre lo mismo.

La naturaleza nos da la lección que la historia o el mito del progreso pretenden escamotearnos: los ciclos, las repeticiones. Día y noche. Primavera, verano, otoño, invierno... todos sabemos lo que viene después. La propia historia nos muestra sus coherencias y continuidades: los ciclos se suceden en el arte, en las formas y estilos de vida, incluso en la política. El poder se disfraza y ofrece mil caras para no dejar de ser lo que es: dominación sobre la sociedad. El mundo de la cultura se viste de novedad antigua y repetida. Los mismos personajes con distintos nombres y, a veces, incluso con mucho menos genio artístico respecto a nuestros antepasados. Las modas, las ideas dominantes, las formas de pensamiento... Todo adopta un aspecto dinámico que lo mantienen inmóvil en lo que es, en lo que somos: seres humanos sujetos a los caprichos de la naturaleza y esclavos de nuestra propia naturaleza, origen de lo mejor y lo peor de lo que somos capaces. ¿Qué cambios pueden operarse sobre una materia prima tan dura de modelar"

Si el mundo cambiara, si fuéramos otros a cada generación, viviríamos obligadamente inmersos en la necesidad de la creación. El universal humano es lo que nos permite seguir leyendo las tragedias griegas o los textos de Aristóteles y encontrarles sentido en estos tiempos nuestros, más de veinte siglos después de su nacimiento. Porque nada cambia seguimos admirando el Partenón o las pirámides o somos capaces de encontrar lucidez en los textos de Nietzsche. El genio científico busca precisamente la regularidad, espera a la naturaleza el tiempo que haga falta con tal de desentrañar sus secretos mecanismos. Y en la formulación de teorías también la ciencia oscila y bascula: diferentes modelos para diferentes épocas repitiendo un discurso que se alarga de libro en libro y de laboratorio en laboratorio. Es la ley la que nos dice lo que no cambia en el universo, la que desvela una estructura invariable en la que nacemos y morimos. Podemos multiplicar el tiempo que percibimos, estirarlo tanto como queramos. El tiempo real es uno: un presente que se repite bajo diferentes máscaras.