Obstáculos a la pluralidad de los medios
No son sólo ellos, también somos nosotros · Actualidad
La gran crítica que se suele hacer a los medios de comunicación está muy extendida: tienden a concentrarse diferentes medios en grandes grupos, con lo cual pierden independencia, y además están muy influenciados por los partidos políticos y los gobiernos de turno. Pero éste no es el único obstáculo a la libertad de prensa. Hay otro quizás más poderoso, que encuentra su base en la sociedad. Dado que la comunicación y la información se ha convertido en un negocio y ha dejado de ser un servicio, podemos plantearlo de la siguiente manera: nosotros somos los consumidores. Aunque haya miles de millones detrás de cada gran corporación, somos nosotros los que compramos su información. Y este “nosotros” está sometido a múltiples influencias: desde la educación familiar a lo que se nos ha contado en la escuela, pasando por los propios medios de comunicación que nos han formado (o deformado, según se mire). El caso es que el “ser humano”, así en abstracto, no existe y los lugares y los tiempos ayudan a configurar nuestra forma de ver la vida. La libertad y la autonomía cuestan un gran esfuerzo que no todo el mundo está dispuesto a realizar.
Consecuencia inmediata: consumimos la información que nos gusta, aquella con la que nos sentimos identificados. Cuando salen estos temas casi todo el mundo suele declarar que lee medios de todos los partidos e ideologías, dato curioso en un país en el que el Marca es el diario más leído. Lo cierto es que bajo el falsario barniz de la pluralidad, cada ciudadano tiene su biblia particular: la ser, la cope, La vanguardia, El país, El mundo o el Avui, igual me da. Ellos son depositarios de la verdad, y hay un acuerdo tácito entre lector y periodista. Si el periódico o la radio en cuestión cambian de orientación, por los motivos que sean, la pérdida de lectores está garantizada. Ahí está, por ejemplo, el caso de ABC, un periódico cuyas ventas han bajado sensiblemente desde que fue comprado por una gran grupo de comunicación. La queja común es que los medios están polítizados, que no hay neutralidad, pero quizás ni siquiera los propios ciudadanos deseen esa neutralidad. Es muy fácil tirar balones fuera, culpabilizar a los partidos y los medios, sin reconocer la poca gana de leer o escuchar a aquellos medios con los que no nos identificamos. Tenemos, probablemente, la información que nos merecemos.
Reivindicar buenos medios de comunicación en un país que (por lo que dice Pisa) no entiende lo que lee es un tanto contradictorio. La libertad de prensa exige una libertad de pensamiento que no se logra con el título de secundaria. Es necesario un esfuerzo intelectual que no todo el mundo está dispuesto a realizar. Y no me estoy refiriendo a estudios de bachillerato o superiores, simplemente a sentir curiosidad por saber, a valorar la cultura y estar dispuesto a conocer (de un modo formal o no formal) la historia y las ideas que se esconden bajo los grandes titulares. La capacidad de juicio implica saber leer, entender lo leído y añadirle a todo esto una última característica: la crítica. Intuir por dónde pueden ir los aciertos y los posibles errores del texto. Opinar a favor o en contra del mismo recurriendo a ideas y no a tópicos, buscando argumentos. Dejando de lado filias y fobias, posibles afinidades con una u otra ideología. Esto puede sonar utópico, pero una sociedad que quiere ser adulta necesita contar con una mayoría de invididuos que puedan hacer esto. En una sociedad sin suficiente formación jamás habrá auténtica libertad de prensa. Los medios de comunicación están amordazados. No sólo por el poder y la concentración de distintos medios, sino por unos lectores que no quieren leer información que no esté ideologizada, sometida a la disciplina de partido.


