Primum vivere deinde philosophare
Una recomendación gastronómica · Primum vivere
Bien lo sabían los antiguos: primero vivir, y luego filosofar. Un proverbio un tanto pragmatista que encierra sin embargo cierta dosis de verdad. La vida y la filosofía como dos vectores esenciales del ser humano, a veces excluyentes y otras complementarios. Pudiera parecer que en esta bitácora hay algo de filosofía, pero muy poco o nada de vida. Para enmendar un poco esta posible carencia, inauguramos hoy una nueva categoría: “primum vivere“. Hablaremos fundamentalmente de espacios y lugares para exprimir la vida, de experiencias que alguna vez pueden hacernos pensar aquello de: “esto es vida”. Ocio y vida disfrutada y aprovechada: y no porque no se disfrute del pensamiento, la reflexión o el transcurrir de las clases. Pero sí porque también de las cosas pequeñas, cercanas y sencillas se disfruta y merecen nuestra atención. Hoy empezamos con una recomendación gastronómica: el restaurante del museo de la fauna salvaje.
Por pura casualidad pude probar hace unos días algunos de los platos de su carta. Para empezar sirvieron un entrante que no habíamos pedido: langostino rebozado en sésamo, servido en un gran vaso con un fondo de aceite de oliva y enebro. Recién hecho, caliente y crujiente, el rebozado de sésamo le daba al langostino (habitualmente frío o como mucho a la plancha) un sabor nuevo y distinto. A continuación llegó una ensalada de ahumados, con productos de primerca calidad que cubrían los canónigos abundantes, salteados de tomate cheery. El segundo plato no desmereció en absoluto: solomillo con gratinado de cebolla y crema de rulo de cabra. Además, también pude probar un bacalo con muselina de ajo que recomiendo a todos los que lean este artículo. Podéis estar seguros de que es un bacalao completamente distinto a cualquier otro que hayáis comido antes.
Por si esto fuera poco, llegó el momento de los postres. Antes nos sirvieron un prepostre: mermelada de frutas del bosque cubierta de crema de toffe. Lo cierto es que nos hubiéramos conformado con este, pero después llegaron los que habíamos pedido: milhojas con crema y hojaldre con crema de queso. Ambos platos muy decorados (formando una clave de sol y un árbol, pintados en chocolate) y acompañados de una bola de helado, piñones y chocolate. Sabía que Javier, el cocinero, se había formado en la escuela vasca de cocina, y no se puede negar la calidad de los guisos, y la variedad de la carta. Calidad que hay que pagar, claro, pero que compensa: hay otros muchos restaurantes con precios aún más altos de los que podemos salir decepcionados. Un lugar excelente para ir a comer, independientemente de que el museo, en el que se pueden ver animales disecados, nos resulte más o menos interesante. Y en próximas semanas, más lugares para darse a la “buena vida”…


