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¿Qué es el bien común?

La vida en común nos hace más fuertes. Desde nuestros antepasados más remotos hasta nuestros días, ha sido el grupo lo que nos ha salvado. Lo ponían en práctica los homínidos (quizás de un modo inconsciente) y lo seguimos haciendo hoy: entendemos la vida en sociedad de múltiples formas, y una de las más elementales es precisamente la del beneficio mutuo. Puede que no nos guste vivir en sociedad, pero no podemos prescindir de ella. Asociado a esta forma de vida está un concepto que, en principio, debería jugar un papel importante en política: el bien común. Alguien puede decir que la política es sencillamente un juego de poder, pero lo que está claro es que todos los políticos apelan al “bien común” (ahora se habla del “bien de la nación”, “bien del estado” o “bien del país”, para no molestar a los que les salen sarpullidos solamente por utilizar la palabra “nación” en un sentido distinto al que ellos entienden). Y no sólo en política: en una reunión de vecinos habrá quien apele al “bien de todos” o al “bien de la comunidad”. La pregunta del millón en todo este asunto es: ¿qué es el bien común?

Hay muchas concepciones del bien común, pero hyo quisiera comentar dos de ellas que suelen aparecer a menudo. La primera identifica el bien común como lo que la mayoría elija. Si la comunidad es la suma de individuos, el bien común será la suma de bienes individuales expresada a través del voto o de la opinión de cada uno. Siendo esta la visión que más ampliamente se acepta en las sociedades democráticas en que vivimos, es a todas luces una concepción insuficiente. Bien común no es igual a “mayoría”, entre otras cosas porque lo que la mayoría elija puede venir determinado por la manipulación, o porque puede haber intereses o ideas “buenas” para el grupo que jamás lleguen a expresarse por la sencilla razón de que sólo una minoría las sostiene. Lo que convierte a algo en “bueno para todos” no es el hecho de que mucho lo escojan, sino algo distinto. Es más: las relaciones entre lo que votamos y el bien común son difusas, difíciles de concretar. Un ejemplo bien claro: ¿Contribuía al bien común de los españoles la constitución europea? ¿O al de los europeos en su totalidad? ¿Contribuía o no al bien común de franceses y holandeses, cuya votación fue opuesta a la española?

Cuando consideramos algunas de las críticas que se pueden formular a la concepción democrática del bien común sentimos la tentación de aceptar una visión tecnocrática del mismo. Si la mayoría se puede equivocar y no siempre es consciente de lo que conviene al grupo (o quizás pueda pensar más en términos individuales que en el interés de todos), se suele plantear la posibilidad de recurrir al experto. Su conocimiento y su experiencia serán sin duda un criterio “de calidad” respecto al punto de vista de la masa. Pero esta opción no está exenta de problemas: entendemos la vida en común y la política como si plantearan problemas algorítimos, de solución única, y sin embargo la vida cotidiana nos enseña que son muchas las alternativas y que no siempre hay una única solución que sea, desde todas las perspectivas, la mejor. No hay una “ingeniería política o social” que permita al “ingeniero” dar con la respuesta a todos los interrogantes. De manera que la respuesta tecnocrátca parte de una visión errónea de la política, y termina a veces coartando las libertades de los individuos a los que se pide que acepten soluciones que no comparten. Si la solución democrática puede ser legítima pero también ineficaz, la respuesta tecnócrata puede ganar en eficacia, pero perder en legitimidad. ¿Cómo definir entonces el “bien común? ¿Existe algún criterio que nos ayude a su delimitación? ¿Hay formas de dicludiar de un modo eficar y legítimo en qué consiste? Estas son, entre otras muchas, las eternas preguntas de la filosofía política.


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