¿Qué venden los anuncios de coches?
Desde hace ya unos años, no son pocos los que consideran que los anuncios publicitarios pueden considerarse pequeñas obras de arte. Ya existen [1] festivales publicitarios, y el ingenio humano se tuerce y retuerce con un objetivo muy claro: llamar la atención de los consumidores. Personalmente, los anuncios siempre me han parecido un tanto absurdo: publicidad es sinónimo de “te voy a contar lo excelente que es éste producto para condicionar tu comportamiento y que vayas rápidamente a comprarlo a la tienda”. Es un engaño, un fraude. Todos sabemos que los anucios son mentira: jamás estarás con esa chica por mucho que uses esa colonia, ni existe ese detergente que puede con todo. Todos lo sabemos, pese a lo cual los anuncios siguen estando ahí, síntoma inequívoco de una cosa: nos dejamos engañar por ellos. Pero de entre todos los anuncios merecen un comentario aparte los de coches. ¿Alguien sabe qué quieren vendernos los anuncios de coches?
Una niña mira cómo se derrite un muñeco de nieve. El comprensivo papá, evitando que la niña tenga un trauma por la muerte del pobre muñeco, monta a la niña en el coche y también al humanoide nevado. Todos viajan unos kilómetros en amor y compañía, y al final el muñeco es colocado de nuevo en su casa. ¿Qué tiene esto que ver con el coche? No se habla de sus prestaciones, ni siquiera de su precio. Pero peor todavía es el de aquel niño repelente e insoportable simulando que coduce un coche mientras emite un zumbido que va aumentando sus tonos de un modo progresivo: ¿Cuántas puertas tiene el coche que nos venden? ¿Cuántos airbags, o qué sitemas de frenado? No importa. Lo importante es que el anuncio sea suficientemente ofensivo para el oído como para llamar nuestra atención. La mía, desde luego, la captó. Pero para tomar nota de un coche que no compraría jamás, aunque sólo sea por la repulsión y la molestia que supone escuchar al niño de marras.
Iconos sexuales, proezas realizadas en circuitos cerrados, james bond al volante o simplemente una mano asomada por una ventanilla. Cualquier estrategia es buena siempre que se consiga no hablar del coche. Marca y modelo. Nada más. No importan los caballos, la seguridad, la capacidad del maletero… El que quiera saber todo eso, que vaya a un concesionario. El asunto de estos anuncios enseña muy bien algo de nuestra forma de ser o de pensar: ¿Importa hablar del coche, o sólo asociarle una serie de prejuicios (éxito profesional o personal, atracción sexual…)? ¿Para qué hacer un anuncio sobre un producto del que no se habla en absoluto? ¿Cuál es el fin de estos anuncios? ¿Son estos anuncios un “arte” o sólo un eslabón más del capitalismo consumista en el que estamos atados? Detrás de cada anuncio toda una cultura, toda una economía, toda una forma de pensamiento. Detrás de una mentira, millones de seres humanos que tienen que elegir permanentemente entre oír esos cantos de sirena y dejarse embaucar, o mantener la independencia en sus elecciones cotidianas. Yo no sé si los anuncios son un arte o no, o expresan toda una vida cultural (quizás un tanto decadente): pero sí estoy convencido de que, de ser arte, son el arte del engaño. Y si expresan pautas culturales, brilla en ellos la cultura del vacío.
Nota: Imagen tomada de [2] Seiscientos.org
Anotacion impresa de Boulé: http://www.boulesis.com/boule
Enlaces que aparecen en esta anotación:
[1] festivales publicitarios: http://www.el-mundo.es/especiales/2003/05/cultura/festival/index.html
[2] Seiscientos.org: http://www.seiscientos.org/publicidad/martini.htm
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