¿Quién es el sofista?
Han pasado ya 25 siglos desde que el viejo Sócrates se enfrentara a los sofistas, y sin embargo su enfrentamiento sigue tan vivo como entonces. Por azares del destino (especialmente azares platónicos) siempre hemos tendido a elogiar al bueno de Sócrates, en ese afán suyo encontrar verdades universales, a la vez que hemos despreciado abiertamente a los sofistas. A ellos poco les importaba la verdad, hemos aprendido desde el bachillerato, pero lo cierto es que la recepción de su pensamiento no ha sido todo lo justa que debiera. Para empezar se los mete a todos en el mismo saco (”los sofistas”, “los presocráticos”, nos gusta agrupar y simplificar las cosas) y además se les acusa de ser manipuladores. Platón los llamaba “imitadores de sabios” e “ilusionistas de discursos”. Olvidémonos, por un día, de la posible injusticia de este desprecio a la sofística, y preguntémonos algo tan sencillo como esto: ¿Existen sofistas actualmente? ¿Quiénes son, dónde están?
Para algunos, los sofistas del siglo XXI son los periodistas. Ellos manejan la información, la presentan a su manera, según sus propios intereses o según conveniencias externas. Serían, si aceptamos la comparación, los maestros de la manipulación en el siglo XXI, donde la información se consume a grandes velocidades, y la posibilidad de contrastarla está cada vez más obstaculizada. Para otros, el sofista es el político, el verdadero artista de escapar a las preguntas, de contestar sólo lo que quiere y cuando quiere, y todo un profesional de la palabra, de las expresiones a medias. Jugar con el lenguaje para presentar una realidad parcial forma parte de la vida cotidiana de cualquier político, sin que por ello nadie se rasgue las vestiduras. ¿Acaso no recuerdan a los sofistas muchas de las sesiones de nuestro parlamento, con esos matices lingüísticos de los que, por otro lado, más de una vez hemos hablado aquí?
Pero no conviene mirar sólo para fuera, y acusar de sofistas a políticos y periodistas. Es necesario también hacer autocrítica: ¿Acaso no pueden los sofistas ser los profesores? No olvidemos que los sofistas se caracterizaban por cobrar a cambio de sus enseñanzas, y que eran “profesionales de la enseñanza”. Cualquier profesor es sofista en este sentido, y también los hay (espero que sean los menos) que simplemente están ahí para ganarse la vida, sin disfrutar de lo que enseñan o preocuparse por los alumnos que tienen delante: ¿no es ésta también una forma de sofistería? Y si queremos darle una vuelta más de tuerca al debate, y enfocarlo desde las nuevas tecnologías, podríamos mirarnos un poco más el ombligo, y revisar de un modo crítico nuestras propias bitácoras, y el mundo bitacoril en general: ¿Existen bitacoras “sofistas”? ¿Puede que el formato mismo sea ya una forma de “aparente sabiduría”, tal y como criticaba Platón desde hace ya unos cuantos siglos? Periodistas, políticos, profesores, bitácoras… Hagan sus apuestas.
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