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Reivindicación de la vocación

La realidad nos interpela... pero no la escuchamos
De un modo sigiloso, casi imperceptible, se acerca ya el fin de curso para los alumnos de 2º de bachillerato. Y esto significa, entre otras muchas cosas, que habrán de elegir una carrera o un ciclo formativo de grado superior. Los orientadores preparan las guías de orientación, en las que aparecen universidades, ciclos, requisitos, notas de corte, plazos para realizar inscripciones, documentos que hay que aportar... nunca se ha tenido tanta información sobre estas cuestiones como en los últimos años. Sin embargo, muchos alumnos están, a día de hoy, desorientados: no saben lo que quieren. Esto se debe, quizás a la crisis de una palabra que se ha ido arrinconando, y que se suele asociar exclusiva e injustamente a su sentido religioso: la vocación. El sociólogo Max Weber (en inglés) escribió un texto célebre sobre la ciencia y la política entendidas como vocación (en Internet he podido encontrar la parte referida a la política como vocación) y no es necesario apelar a visiones místicas o religiosas para darse cuenta de que todos somos distintos, y que en función de nuestros gustos, habilidades y capacidades podemos estar "llamados" (sin que haya un "fatum" o destino que nos lo imponga) a orientar nuestra vida en una u otra dirección. Idea que, lamentablemente, hoy está completamente olvidada.

Tal o cual carrera no tiene salidas. Con esos estudios se gana menos dinero. Suelen ser los criterios que se escuchan a muchos alumnos a la hora de decidir sus estudios. Es lamentable que no sea la mayoría la que dice: "quiero estudiar esto porque me gusta, porque estoy interesado en ello". Y es que, entre el gusto y el dinero, nuestra cultura lo tiene claro: "coge la pasta, que luego ya vendrá el gusto". Un mercado de trabajo saturado y una sociedad que impone la competición como forma de vida son las características apropiadas para que nadie preste atención a un concepto tan viejo y oxidado como el de vocación. Estamos todos llamados, sí, pero a buscarnos la vida de la mejor manera posible, sin importar ningún otro criterio. A salir adelante y dejarnos de historias. Porque cualquier otra cosa es, para algunos, sólo una pérdida de tiempo. Después de todo, lo importante de la vida viene a ser el tamaño de la nómna, del coche y de la casa.

Modos de elegir de insospechadas consecuencias. Formas de ver la vida que desencadenan situaciones por todos conocidas: sanitarios que atienden a sus pacientes como si fueran objetos, porque jamás sintieron la "llamada" de la que quizás sea la actividad más "sagrada" de nuestra sociedad, pues tiene que ver con la salud y la vida, sino que se dejaron guiar por los ingresos a la hora de escoger profesión. Profesores que están de baja varios meses a lo largo del curso (hay quien aprovecha para, entre tanto, escribir textos para los concursos de traslados o cosas por el estilo), que incumplen sistemáticamente con sus obligaciones y aprovechan su "status" funcionarial (los que lo tienen) porque entienden la docencia como una forma más, como cualquier otra, de ganarse la vida, sin reparar en que la "salud" y la "vida" de la sociedad del mañana están en sus manos. Políticos que ven en su afiliación una forma de salir adelante, de chupar del bote, sin importar esa expresión que hoy provoca risas y despierta un reproche generalizado de ingenuidad: el bien común. Profesiones en fin, para las que hace falta algo más que una buena cualificación técnica o científica. Profesiones que exigirían del sujeto un querer que vaya más allá de lo crematístico, del negocio. Profesiones que necesitan una vocación, dentro de una cultura que ya ha dejado de usar esta palabra. Gentes que no saben qué quieren ser (quizás por falta de conocimiento de sí mismos) y profesiones copadas por gentes sin interés en las mismas. En definitiva: la crisis de un concepto que sigue haciendo tanta falta como antes.

Cada vez que comento que estudio Historia del Arte me suelen mirar como si estuviera loca, pero cada día que voy a clase me arrepiento menos de mi elección. Me encanta mi carrera, disfruto muchísimo estudiando porque es lo que realmente me gusta y lo que de verdad me apetecía hacer cuando terminé el bachillerato. ¿Lo tendré más que difícil para ganarme la vida? Es más que probable, pero tampoco creo que sea mucho más sencillo en otros campos, y además prefiero dedicar mi vida a algo que me apasiona y despierta mi interés antes que amargarme con algo que no me atrae nada más que para sacarme un sueldo. Un saludo, me gusta mucho lo que escribes.