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Se extiende el espíritu olímpico (filosófico)

Celebración de la I Olimpiada filosófica de Madrid
Olimpiada filosófica de la Comunidad de Madrid

Empezamos la semana con una excelente noticia: el fin de semana se ha celebrado en Madrid la final de la I Olimpiada filosófica de la Comunidad de Madrid. La iniciativa ha partido de un grupo de profesores de secundaria que ha estado trabajando duramente a lo largo de todo el curso para promover esta actividad que poco a poco se va haciendo un hueco en el panorama educativo de nuestro país. A juzgar por las actividades de la final, el trabajo de los compañeros de Madrid no ha podido ser mejor: más de 200 alumnos en la conferencia inaugural, a cargo de Jorge Pérez de Tudela y un debate en torno a la identidad personal. El día de la final pudieron contar con la presencia de José Antonio Marina, que además de participar en una charla debate colaboró también en la entrega de premios. Un padrino de lujo, para una actividad llamada a perdurar en el tiempo y repetirse en futuros cursos académicos.

La realización de esta olimpiada viene a confirmar la necesidad de que la filosofía salga de las aulas y muestre su potencial social: la discusión de ideas y el esfuerzo por la argumentación nos hace más críticos, y eso es precisamente lo que se refuerza a través de una olimpiada de filosofía. Y la mejor noticia es que esta olimpiada se une a actividades similares que ya están funcionando en la Comunidad Valenciana, en Murcia, en Asturias y, por supuesto, en Castilla y León. Me consta que hay profesores de otras comunidades autónomas que están empezando a moverse en esta misma dirección. No importa el formato: en unas comunidades se trabaja más el ensayo, en otras la defensa pública del mismo. Lo importante es que los alumnos de bachillerato puedan tener un estímulo a desarrollar la capacidad de pensar por sí mismos y expresarse además de la que ya supone el aula. Si algo logra una olimpiada filosófica es, entre otras cosas, que los alumnos que participan en ella, sea como finalistas o simplemente como asistentes, vean la filosofía de una nueva manera, y muchos de ellos empiecen a desarrollar cierta curiosidad hacia la misma. Ningún objetivo puede resultar más propio para una olimpiada filosófica que este: que quienes participan sean amantes de la sabiduría.

Es probable que la sociedad no necesite que haya un grupo mayoritario de especialistas en filosofía. Pero sí requiere, sin embargo, que haya quienes se ocupan de pensar distinto, de poner en práctica el pensamiento crítico, de plantear alternativas a la realidad existente. Y esto es algo que tradicionalmente han venido haciendo los filósofos. En este sentido, las olimpiadas o certámenes de filosofía son una cuna de humanismo, sustantivo del que por desgracia se adolece en no pocos sectores de nuestra sociedad. También, por extraño que pueda parecer, en la propia educación. Un buen ejemplo de cómo llevar a la práctica esta tarea: con la simple pregunta que sirvió como ejercicio en la olimpiada de Madrid. ¿Puede conocerte alguien mejor que tú te conoces a ti mismo" El conocimiento personal, el quién soy yo. Una cuestión eterna de la filosofía que nos conduce a otras cuestiones de resonancias sociales y culturales. Cuántos más estudiantes de bachillerato se enfrenten con interés a este tipo de cuestiones, mejor será nuestra sociedad y nuestro sistema educativo. Y a ello contribuyen inciativas y esfuerzos como el realizado por los profesores de la Comunidad de Madrid.