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Ser red

Cómo nos cambia la red

Los nativos digitales son hoy adolescentes, no sé si biológicos, analógicos o psicológicos. Forman parte hoy de la sociedad en la misma medida que del sistema educativo. La red ha impregnado sus vidas y ha contribuido a su construcción como seres humanos. No tanto quizás porque estén navegando desde que tenían cinco o seis años, que pudiera ser, sino fundamentalmente porque viven dentro de la red. Han decidido canalizar a través de ella una parte de sus experiencias. El impacto de Internet como tecnología llega a modificar al propio ser humano. Hoy en día, y cada vez más, hay grupos de personas que son red. Se identifican con sus perfiles de las redes sociales, y encuentran en las páginas de Internet la información que desean o el servicio que van a solicitar. Compran por la red, odian por la red y aman por la red, que se convierte en uno más de los muchos lugares del actuar y el interactuar humano.

Se puede pensar que en realidad no es esto tan novedoso. Siempre hemos sido sociables en mayor o menos medida. Las cosas que antes se hacían en la plaza, en la calle o en la cafetería, siguen ocupando estos espacios. A mayores, se dirá, se deja constancia en la red. Esta interpretación se queda un poco corta y está alejada de las prácticas de millones de personas, entre las que no sólo hay que incluir a los mal llamados nativos digitales. Ser red es vivir para afuera. Estar volcado a los tweets que lanzan cientos de contactos sin dejar de enviar los propios. Quien dice que Twitter está lleno de mensajes intrascendentes no ha comprendido que su meta última no es recoger información relevante. La comunicación cotidiana carece muchas veces de sustancia alguna: conversaciones de pasillo o ascensor, tópicos de cafetería. Siendo así, es impensable esperar de Twitter información jugosa y reveladora. Ser red es asumir que uno dará y recibirá en función de esa red a la que se pertenece. Y una consecuencia inevitable es la banalidad o la superficialidad como marca. Contacto rápido y directo, la red no da tiempo para más.

El matiz está en que las consecuencias de todo esto no son fáciles de medir. Quién aparece en la cuenta de Facebook o Tuenti, quién puede leer lo que escribes. Ser red es vivir expuesto. Es en muchos casos arriesgar la privacidad a cambio de otras recompensas que pueden ser influencia, popularidad o simplemente orientar nuestras relaciones personales en una u otra dirección. Ser red es también atreverse a ventilar a través de una pantalla los asuntos que quizás nos costaría hablar cara a cara. Ser red implica estar siempre abiertos a nuevos mensajes e invitaciones, nuevos juegos o desafíos. Es una estructura psicológica que no puede explicarse únicamente desde las variables tradicionales. Todo va un poco más rápido en la red y los procesos lentos, lo que requiere tiempo, irá necesariamente en desuso a medida que la red siga extendiendo su ámbito de influencia. Internet es una tecnología poderosa en el sentido de Foucault: es capaz de crear sujetos, que están "cosidos" o sujetados a otros nodos de influencia bien diversa. Y si toda esta reflexión es aceptable, quizás aún estemos a tiempo de pensar qué queremos hacer con la red, antes de que la red nos haga a nosotros. Uno de los interrogantes urgentes de nuestro tiempo.

Hola Miguel, saludos. Es una buena descripción con la que estoy de acuerdo. Si he entendido bien lo que dices me parece percibir un matiz crítico hacia esa realidad “vivir en la red”, crítica que comparto. La pregunta sería ¿por qué la crítica? Porque el filósofo también es un producto de otra sociedad y cuando no nos gusta el cariz de lo nuevo probablemente sea porque estamos anclados en patrones distintos. Modelos de interpretación que corresponden a otra época y otras técnicas. Otra pregunta es si eso que describes como “vivir en la red” no será más que una apariencia, y habría que buscar lo que se esconde, lo que está mas allá, lo que usa las redes para controlar y manipular. Porque las redes no surgen por generación espontánea, pudiendo hablarse de una nueva o no tan nueva alienación. el búho