Élites educativas
Es difícil encontrar unanimidad en el mundo educativo. Lo que unos interpretan como defecto es para otros motivo para la virtud. Y tampoco se libra de esta tensión el asunto del que quería hablar hoy: las élites educativas. Así expresado, nos produce de inmediato cierto temor: la palabra élite parece llevarse muy mal con la democracia, y más todavía con la educación. Otra cuestión se plantea si no se mienta semejante bicha y se sustituye por expresiones como “alumnos con altas capacidades” o “alumnos con sobredotación”. Entonces se nos despierta cierta vena paternalista, y consideramos injusto que nuestro sistema apenas preste atención a aquellos alumnos que podrían aprender más y más rápido que el resto. Hay que orquestar las medidas oportunas para lograr que estos alumnos alcancen también su máximo grado de desarrollo. Y es aquí donde entra el quiero y no puedo: las medidas de atención tienen que ser discretas, para que nadie pueda acusar un trato diferenciado o privilegios. Una más de las perplejidades de nuestro sistema, que es también propio de la sociedad en que vivimos.


