Por qué la historia no se acaba
Construir la historia partiendo de una idea y tratar de que los hechos ocurridos “encajen” es sin duda una tarea intelectual titánica y audaz que nos lleva a comprender el transcurrir del tiempo y los asuntos humanos como un sistema en el que los hechos guardan relación entre sí. Es en cierto modo lo que intentó hacer Hegel en su reflexión sobre la historia, obligando a constatar a nuestro pasado tendencias y procesos que no siempre se corresponden con la realidad. Dicho de otra manera: tenemos que omitir ciertos datos y exagerar algunos otros si queremos que la historia nos salga “de película”, que quede como un cuento fantástico que culmina en la alemania del siglo XIX. Dejando el “pangermanismo” de lado, la interpretación idealista de la historia se atreve incluso a proclamar una tesis controvertida: el fin de la historia. El estado democrático moderno es la mayor encarnación del más alto grado de desarrollo político que puede alcanzar la sociedad humana. La propuesta hegeliana revivió hace un par de décadas, cuando Fukuyama publicó El fin de la historia y el último hombre.


