Verdad y tolerancia
Podríamos discutir amistosa y filosóficamente sobre la existencia de la verdad. Pero hay un tema sobre el que es más difícil entablar diálogo alguno: existen millones de seres humanos que creen conocerla. Los escépticos, para bien o para mal, no han sido legión nunca, y parece difícil que puedan llegar alguna vez a constituir mayoría alguna en una sociedad, que de una forma u otra suele irse construyendo en función de concepciones diversas de la verdad que se van sucediendo a lo largo del tiempo. Cada una de ellas tan frágil como sus competidoras, pero triunfadora al fin y al cabo. Los periódicos de los últimos días recuerdan las discusiones de patio de colegio: “No he sido yo, ha empezado él” o el recurrente “él pegó primero”. Las riñas infantiles serían risibles si no dejaran muertos en el camino. Los enfrentamientos religiosos siguen hoy tan en boga como hace cinco siglos. De nada nos sirven testimonios como el de Montaigne: varios de sus familiares quemados en la hoguera y las guerras de religión de su tiempo le llevaron a adoptar como lema una frase tan sabia como ambigua: ¿Qué sé yo?



Alguna vez han salido por aquí, de una forma más o menos indiecta, los efectos terapéuticos de la filosofía. Nombres y obras se pueden dar muchos, y más desde que de un tiempo a esta parte se ha puesto muy de moda el movimiento de la asesoría filosófica. Pero mucho antes de que los norteamericanos vinieran a descubrir que la filosofía puede traer beneficios a la vida personal han existido ya hombres que, en un momento de su vida, deciden retirarse de la vida pública, y entregarse a una privada serenidad de la que disfrutar. Y hay quienes adoptan la escritura como terapia, sin necesidad de llamarla así, sin la urgencia de que todo tenga un nombre lo más científico posible. A veces la lectura de estos autores resulta también terapéutica. Algo de esto le debió de ocurrir al autor de la obra que nos ocupa.