Matar y contar
El reciente asesinato de Bin Laden ha sido dos cosas: un acontecimiento histórico y una novela fallida. El suceso histórico está ahí: no sabemos muy bien cuáles van a ser sus consecuencias, y cuál es el valor real de la operación ejecutada por los televisivos S.E.A.L., pero a los ojos de muchos ha significado el negativo del atentado de las torres gemelas, como si aquella justicia de los griegos que en realidad era venganza hubiera dado el salto de los libros de mitología a este mundo nuestro tan moderno y en apariencia alejado del griego. La muerte del enemigo público número uno de un país especializado en crear sus propios monstruos: este es el hecho histórico, qué duda cabe. Y uno de los motivos de que su significado sea tan oscuro como los misterios de Eleusis no es sólo la falta de perspectiva, sino la inexistente previsión del gobierno de Obama. Y es que si un estado pretende terminar con la vida de alguien, así, a la brava, hay que tener en cuenta dos cosas: cómo se le va a liquidar y lo que se va a contar después. Y en este segundo aspecto la administración americana ha pecado, cuando menos, de ingenuidad.


