¿Lloverá o no lloverá? ¿Cómo será el verano?
Ayer se nos alertaba de que el pasado mes de abril ha sido el más caluroso desde 1950. La noticia despierta el fantasma del cambio climático y vuelve a poner sobre la mesa la trascendencia que en la vida de cada uno de nosotros tiene el parte metorológico. Esa necesidad que nos lleva a averiguar el tiempo que se avecina puede convertirse casi en una obsesión, y está llena de significados filosóficos. El primero de ellos nos ayuda a resituar al ser humano en el cosmos: con toda la ciencia y la técnica que hemos logrado desarrollar, con todo el conocimiento que (creemos) nos sitúa en el centro del universo, aún seguimos pendientes de si vendrá frío o calor, lloverá o sufriremos largos periodos de sequía. Y no sólo eso: por mucho que nos consideremos hijos del progreso, nos asustamos cuando el tiempo se sale de “lo normal”. Como prometeos debilitados, empezamos a plantearnos situaciones amenazantes cuando no apocalípticas si acaso vienen días de mucho sol o las lluvías arrecian con fuerza en la época equivocada. Hambre de saber qué tiempo hará mañana: ¿acaso somos tan “civilizados”?



Desde que nos adjetivaron con un reincidente y sospechoso sapiens hemos vivido en mundos plurales. Sociedades y universos marcados en muchos aspectos por la tecnología: el tránsito de la edad de piedra a la del bronce viene motivado por un cambio técnico. Y lo mismo nos ha ocurrido más recientemente: en apenas unas décadas hemos vivido, seguramente sin saberlo, el cambio de la