El barniz de la mayoría de edad
Los poetas y literatos han subrayado en numerosas ocasiones que nunca dejamos de ser el niño que fuimos, o incluso que merece la pena no permitir que se pierda jamás el niño que todos llevamos dentro. Ideas que vienen a reivindicar la infancia como un tiempo dorado, como una felicidad irrepetible basada, hasta cierto punto, en la inconsciencia y en la ingenuidad. Ir creciendo es ir asumiendo el mundo, con todas sus aristas, matices, luces y sombras. Todo esto no impide que por debajo de esta reivindicación viva una idealización y quizás un olvido de lo que fuimos. Una consecuencia natural del salto a la mayoría de la edad: como si bastara con cumplir 18 años (o alguno más, ahora que la adolescencia se prolonga) para quedar todos igualados por ese gris uniforme que denominamos “edad adulta”.


