Pensar y vivir
No es la primera vez que comentamos por aquí la tensión entre el pensamiento de los filósofos y su vida. El asunto se ha vuelto a poner “de moda”" en estos días, cuando nos hemos enterado de que quizás Albert Camus fue feliz. O al menos así lo asegura su hija que encontró en el filósofo existencialista un padre con el que compartir vivencias y experiencias tremendamente comunes y cotidianas. Esas que habitualmente se recuerdan con el paso del tiempo y que contribuyen a que podamos reconocer lo félices que nos hicieron. El existencialista feliz parece una contradicción irresoluble: o se es un buen existencialista, coherente con la angustia de la vida y la náusea del existir o se aspira a alcanzar la felicidad lo que tácitamente conlleva una valoración positiva del vivir. Si aceptamos la irreconciliable enemistad de ambos términos tendríamos que concluir una de las dos cosas: o bien Camus no era un auténtico existencialista o bien engañó a su hija y a todos los que le rodearon, aparentando una felicidad que no sentía.


