¿Es posible la ciencia sin método?
Tendemos a pensar que la ciencia es un saber en el que impera la ley y el orden. La marcada presencia de las matemáticas es sólo un síntoma más que llega a convertirse incluso en cirterio de valor: cuanto más “matematizable” sea una disciplina, mayor será su “cientificidad”, ocupará un puesto mejor en el olimpo del saber. No sólo eso: los científicos “presumen” de poder aplicar un método que les distingue del resto de los mortales. Si la filosofía, la historia, la economía o la psicología no son ciencias en sentido estricto se debe, entre otras cosas, a que no pueden aplicar el método hipotético deductivo, auténtica piedra filosofal del conocimiento humano. La ciencia, se nos dice, es sistemática, organizada, metódica y la improvisación o el azar juegan un papel prácticamente insignificante en su desarrollo. La imagen más extendida del científico es el laboratorio, lugar específico del trabajo sesudo y a conciencia cuyo fin último es la demostración que conducirá a una teoría. El caso es que toda esta concepción no deja de ser una idealización y algunos filósofos de la ciencia han señalado algunas de las “trampas” de la misma.


