Arte y enfermedad
Ya estamos acostumbrados a oir de vez en cuando noticias en las que nos hablan de las diferentes terapias que utilizan el arte. Sea como actividad curativa: producir arte es una forma de terapia. Pintar no es un mero entretenimiento: libera nuestros miedos internos, demonios… nuestros dolores. No es una cuestión de pasar o matar el tiempo: la obra que cada uno crea va más allá de la expresión personal y, según se nos cuenta, contribuye a nuestra propia curación. Pero la terapia no se conforma con esto: otras artes como la música son terapéuticas, si escuchamos durante varios minutos al días las melodías adecuadas. Dependiendo del tipo de enfermedad, el arte puede sumarse a las medidas que adoptamos para luchar contra ella. Pero no es esta la única relación posible entre ambos conceptos.



Hace unos días nos ponía cierta sonrisa en la boca
Cualquiera que haya visitado un museo habrá podido vivir una experiencia similar: de repente, en una de las salas, suena un teléfono móvil. Alguien lo abre, descuelga y comienza a hablar en voz baja. En unos instantes aparece el vigilante de la sala que amablemente le indica que en el museo no está permitido el uso de teléfonos móviles. La razón fundamental: el respeto debido a las obras que se está contemplando y a su autor. El arte cuenta hoy con su propia “liturgia”: no se acude a un museo de cualquier manera, sino que hay unas ciertas reglas que van más allá de lo que conviene a la correcta conservación de la obra. Es impensable, por ejemplo, que se permita beber o comer durante la visita a una exposición. Y la razón hay que buscarla más allá de la limpieza imprescindible en toda sala que incluya obras de arte: es cuestión de “educación”, “de saber estar”.
Que los objetos artísticos poseen una capacidad simbólica parece fuera de toda duda: observando atentamente el legado de pintores, escultores o arquitectos somos transportados a nuevos significados, a maneras de ver el mundo. El arte nos transmite mensajes, es capaz de llevar dentro de sí una fuerza comunicativa irreductible al lenguaje oral o escrito. En definitiva: el arte es capaz de mostrarnos el mundo e incluso de construir uno nuevo. Lo asombroso del asunto es que ni siquiera necesitamos una obra de arte completa para que se ponga en funcionamiento este proceso simbólico: la ruina y el fragmento son más que suficientes. Si pensamos, por poner un ejemplo, en la
No es que quiera darme un baño de populismo. Se trata sencillamente de una constatación. En los últimos días hemos asistido a la (bochornosa) manifestación de “artistas” de todo pelaje y condición, presionando al gobierno para controlar de una vez por todas la difusión de material protegido en la red. La situación es lamentable: los mismos que van por ahí presumiendo de ideología y haciendo gala de estar siempre del lado del débil y frente al poder desarrollan una forma de pensamiento curiosa cuando se les toca el bolsillo. Se ve que al mundo de la canción no ha llegado aún el fin de las ideologías: “vende” mucho ser comunista de palabra y capitalista en la forma de vida. Aparentar de “currela” en el escenario, ser un tío “cañí” con el micrófono en la mano, y mirar desafiante a quien se baja discos y películas, por la sencilla razón de que están arruinando a la música. De aquí a cinco años no habrá música, se nos dice. Hace falta tener una concepción pobre, limitada, mercantilista y miserable de una actividad tan ancestral como la música como para llegar a afirmar semejantes sandeces.
Hasta hace bien poquito, las manifestaciones artísticas de la más diversa índole guardaban cierta relación con lo sagrado, con el terreno de lo simbólico que ha venido ocupando, en su mayor parte, la religión. A todos nos han enseñado que cada estilo arquitectónico tiene su propia “espiritualidad”: del románico oscuro y “temeroso de Dios” al gótico luminoso. O lo que es lo mismo: del Dios escondido y al Dios que ciega con su presencia. Diferentes sensibilidades recogidas también por la pintura y la escultura, incluso mucho antes de la aparición del cristianismo: ahí están las esculturas griegas, recordándonos que una religión politeista y abierta formaba parte de la vida diaria de sus gentes, tan acostumbrados a ver y tratar don dioses como con sus propios vecinos. Era el tiempo del arte “cultual”, en el que la frontera entre el objeto artístico y el espectador prácticamente no existía: no se contemplaba el arte, sino que se “creía” en él. Lo que los autores de la escuela de Frankfurt llamaron “lo totalmente otro” ha sido expresado con muchas formas artísticas a lo largo del tiempo.
Estas cosas pasan en la red: por azares del destino he sabido de la exposición que a partir de mañana realizará el fotógrafo español
El arte está ahí. Vivimos acostumbrados a su presencia ya que logra colarse por los rincones más imperceptibles. Nos levantamos por las mañanas y andamos por los pasillos de casa, probablemente adornados por algún tipo de cuadro o manifestación artística. Escuchamos música en el coche y nos cruzamos, dependiendo de dónde vivamos, con artistas callejeros de la más diversa índole. Estamos rodeados. Y más hoy que el concepto de arte urbano campea a sus anchas por muros y parques. La vida de cada uno tiene su propia dimensión “artística” y no hay nadie que no tenga algún tipo de preferencia o gusto estético. Estando así las cosas, una de las preguntas más repetidas (y no por ello contestadas) es la que apunta hacia la función social del arte. Puesto que todas las sociedades y culturas incorporan, de una forma u otra, formas de producción artísticas, ¿cuál es el “para qué” social del arte? ¿Cómo es que la propia sociedad alienta y estimula la producción artítica?