El museo y el folleto
Que las obras de arte habiten en los museos es ya una circunstancia que merece más de una reflexión. Pero hoy vamos a centrarnos en otro detalles singular: el folleto. O la visita guiada que toda exposición requiere. Tanto monta, monta tanto. Que el arte pueda ser objeto de la teoría, que sea posible crear conceptos y explicar las obras es algo muy característico del ser humano, que tiende a elaborar discursos sobre todas las cosas. Somos, por mucho que no nos guste, animales teóricos, que disfrutan mirando y hablando. En esto, y no en otra cosa, consiste la teoría. Sin embargo, que la contemplación de una obra de arte requiera de una explicación previa, que medie entre la creación artística y el espectador, es algo que en cierta forma se encuentra en las antípodas del concepto mismo de arte, al menos tal y como lo hemos entendido hasta hace bien poco. El arte acompañado del discurso es característico de las vanguardias: hasta entonces, quien contemplaba la obra podía disfrutar de la misma sin necesidad de disquisiciones alrededor del estilo o de la técnica. ¿Por qué ahora es impensable el arte sin un discurso que lo acompañe, explique y legitime?



Hace unos días nos ponía cierta sonrisa en la boca