Arte de mierda…
Hace unos días nos ponía cierta sonrisa en la boca la limpadora de un museo de Dortmund que había destrozado una obra de arte valorada en 800.000 euros. No es la primera vez que un suceso de este tipo aparece en los periódicos. Tan llamativo o más que el hecho en sí es la reacción que causa en la mayoría: en una gran minoría, preocupación y escándalo, mientras que una gran mayoría verá el asunto con indiferencia o incluso con sorna. Cualquier visitante habitual de los museos de arte contemporáneo que por el mundo habitan habrá pensado: “pues mira qué bien, con la de veces que me hubiera gustado a mi hacer lo mismo“. Y es que el escándalo no es muy de recibo: si buena parte de la producción del arte contemporáneo renuncia a tomarse muy en serio a sí mismo, no hay motivo para la indignación.



Que los objetos artísticos poseen una capacidad simbólica parece fuera de toda duda: observando atentamente el legado de pintores, escultores o arquitectos somos transportados a nuevos significados, a maneras de ver el mundo. El arte nos transmite mensajes, es capaz de llevar dentro de sí una fuerza comunicativa irreductible al lenguaje oral o escrito. En definitiva: el arte es capaz de mostrarnos el mundo e incluso de construir uno nuevo. Lo asombroso del asunto es que ni siquiera necesitamos una obra de arte completa para que se ponga en funcionamiento este proceso simbólico: la ruina y el fragmento son más que suficientes. Si pensamos, por poner un ejemplo, en la
Quien más quien menos ha visitado alguna exposición artística a lo largo de su vida. Esta acostumbre suele acompañarse de la consabida “guía“, en múltiples formatos: un “especialista” que nos acompaña por las diferentes salas, un folleto que recoge la información más relevante o en los últimos años unos cascos a través de los cuales escuchamos una voz experta, capaz de revelarnos los secretos de la exposición. Tendemos a pensar que esta explicación es particularmente necesaria en el caso del arte contemporáneo: no sabemos lo que tenemos ante nuestros ojos y necesitamos que nos lo cuenten. O mejor dicho: sí que lo sabemos, pero no lo comprendemos. Como si el arte no pudiera entenderse de una forma directa o intuitiva acudimos a la compañía del que sabe. No por repetida deja de tener esta práctica tan habitual su miga filosófica: ¿Necesita el arte explicación? ¿Acaso no logran transmitirnos los artistas que visitamos? ¿Por qué necesitamos que el “lógos” complemente a la experiencia estética?