La querella de los iconoclastas
En todo el medio de la edad media (discúlpese el posible anacronismo por el juego de palabras) se desató una polémica peculiar, que encontraba su origen en la religión pero terminaba afectando al arte. Se debatía sobre el respeto debido a la divinidad, pero también sobre la capacidad del arte para reflejarla. La cuestión no era sólo si se creía en Dios en un tiempo de supersticiones y dominación del pensamiento religioso. La clave de todo era si se creía en el arte. El poder y la fascinación de la imagen frente a los que rechazaban su empleo. Por un lado estaban los que consideraban que el símbolo artístico era inútil, que fracasaba en su misión de captar y transmitir la divinidad. No sólo eso: las creaciones artísticas podían engañar al pueblo y las personas podían terminar adorando los iconos, y no al Dios que representaban. La consecuencia era inmediata: los iconos debían ser destuidos. El arte no servía y podía ser perjudicial. Frente a esto, había quien defendía el valor de las imágenes su capacidad de traer a este mundo visible lo invisible, de encerrar el infinito dentro de un objeto finito. El arte valía como mediación. ¿Arte, religión, poder político? Tres elementos esenciales de los destructures/preservadores de iconos.


