La religión del arte
Cualquiera que haya visitado un museo habrá podido vivir una experiencia similar: de repente, en una de las salas, suena un teléfono móvil. Alguien lo abre, descuelga y comienza a hablar en voz baja. En unos instantes aparece el vigilante de la sala que amablemente le indica que en el museo no está permitido el uso de teléfonos móviles. La razón fundamental: el respeto debido a las obras que se está contemplando y a su autor. El arte cuenta hoy con su propia “liturgia”: no se acude a un museo de cualquier manera, sino que hay unas ciertas reglas que van más allá de lo que conviene a la correcta conservación de la obra. Es impensable, por ejemplo, que se permita beber o comer durante la visita a una exposición. Y la razón hay que buscarla más allá de la limpieza imprescindible en toda sala que incluya obras de arte: es cuestión de “educación”, “de saber estar”.



Hasta hace bien poquito, las manifestaciones artísticas de la más diversa índole guardaban cierta relación con lo sagrado, con el terreno de lo simbólico que ha venido ocupando, en su mayor parte, la religión. A todos nos han enseñado que cada estilo arquitectónico tiene su propia “espiritualidad”: del románico oscuro y “temeroso de Dios” al gótico luminoso. O lo que es lo mismo: del Dios escondido y al Dios que ciega con su presencia. Diferentes sensibilidades recogidas también por la pintura y la escultura, incluso mucho antes de la aparición del cristianismo: ahí están las esculturas griegas, recordándonos que una religión politeista y abierta formaba parte de la vida diaria de sus gentes, tan acostumbrados a ver y tratar don dioses como con sus propios vecinos. Era el tiempo del arte “cultual”, en el que la frontera entre el objeto artístico y el espectador prácticamente no existía: no se contemplaba el arte, sino que se “creía” en él. Lo que los autores de la escuela de Frankfurt llamaron “lo totalmente otro” ha sido expresado con muchas formas artísticas a lo largo del tiempo.
El verano trae consigo estas cosas: aunque todos tendemos a pensar que nunca pasa nada, cada año hay algún evento que se convierte en una de las noticias estivales, capaz de surtir a los famélicos telediarios y periódicos de horas y páginas de información. Lo malo de que estas cosas ocurran en verano es que la vacación impide abordarlas en esta bitácora como merecieran. Sin embargo, el tema de hoy sigue coleando por lo que nada impide poner la etiqueta de “actualidad” al acontecimiento planetario del verano, bastante más “universal” y “cósmico” que la coincidencia en el poder de dos altos mandatarios: me estoy refiriendo al funeral de
Durante estos días, todos los