El museo y el folleto
Que las obras de arte habiten en los museos es ya una circunstancia que merece más de una reflexión. Pero hoy vamos a centrarnos en otro detalles singular: el folleto. O la visita guiada que toda exposición requiere. Tanto monta, monta tanto. Que el arte pueda ser objeto de la teoría, que sea posible crear conceptos y explicar las obras es algo muy característico del ser humano, que tiende a elaborar discursos sobre todas las cosas. Somos, por mucho que no nos guste, animales teóricos, que disfrutan mirando y hablando. En esto, y no en otra cosa, consiste la teoría. Sin embargo, que la contemplación de una obra de arte requiera de una explicación previa, que medie entre la creación artística y el espectador, es algo que en cierta forma se encuentra en las antípodas del concepto mismo de arte, al menos tal y como lo hemos entendido hasta hace bien poco. El arte acompañado del discurso es característico de las vanguardias: hasta entonces, quien contemplaba la obra podía disfrutar de la misma sin necesidad de disquisiciones alrededor del estilo o de la técnica. ¿Por qué ahora es impensable el arte sin un discurso que lo acompañe, explique y legitime?



Hace unos días nos ponía cierta sonrisa en la boca
Llevamos ya varias clases hablando de la filosofía aristotélica, y peleándonos con conceptos como el de sustancia, accidente, materia, forma… El pensador griego insiste en diversos lugares que la sustancia está compuesta por materia y forma: ambas son imprescindibles para que podamos emplear el término sustancia. La consecuencia de esto es doble: por un lado golpea en la línea de flotación del platonismo al negar la existencia de las ideas separadas de las cosas. Por otro lado, parece afirmar también que la materia, de por sí, no es nada. Precisamente porque puede serlo todo: un bloque de bronce es menos “sustancia” que una escultura, porque esta segunda tiene forma. Extraíamos en clase una conclusión complicada: la materia, de por sí, no es sustancia y sólo puede llegar a serlo cuando recibe la forma. Una montaña de virutas no tendría la misma entidad, por ejemplo, que una tabla de conglomerado, creada precisamente a partir de las virutas. Mientras andábamos con estos razonamientos, un alumno inteligente preguntó: ¿Qué tipo de entidad o sustancia es entonces el arte abstracto?