De la imagen a la conciencia
Estas cosas pasan en la red: por azares del destino he sabido de la exposición que a partir de mañana realizará el fotógrafo español Miguel Candela. Dudo mucho que esta bitácora tenga algún lector en Pekín, pero si así fuera bien podría guardar una tarde para visitar la exposición Un amargo cuento de hadas, en el café Zarah. La exposición estará abierta hasta el día 5 de noviembre, y cualquier visitante podrá adquirir las fotografías que desee, contribuyendo además para las campañas de Médicos sin fronteras en Mali. Se trata una vez más de la unión del arte y la solidaridad, añadiendo quizás una función más a las que discutíamos tan sólo hace unos días: el arte puede cambiar el mundo.



El arte está ahí. Vivimos acostumbrados a su presencia ya que logra colarse por los rincones más imperceptibles. Nos levantamos por las mañanas y andamos por los pasillos de casa, probablemente adornados por algún tipo de cuadro o manifestación artística. Escuchamos música en el coche y nos cruzamos, dependiendo de dónde vivamos, con artistas callejeros de la más diversa índole. Estamos rodeados. Y más hoy que el concepto de arte urbano campea a sus anchas por muros y parques. La vida de cada uno tiene su propia dimensión “artística” y no hay nadie que no tenga algún tipo de preferencia o gusto estético. Estando así las cosas, una de las preguntas más repetidas (y no por ello contestadas) es la que apunta hacia la función social del arte. Puesto que todas las sociedades y culturas incorporan, de una forma u otra, formas de producción artísticas, ¿cuál es el “para qué” social del arte? ¿Cómo es que la propia sociedad alienta y estimula la producción artítica?
El verano trae consigo estas cosas: aunque todos tendemos a pensar que nunca pasa nada, cada año hay algún evento que se convierte en una de las noticias estivales, capaz de surtir a los famélicos telediarios y periódicos de horas y páginas de información. Lo malo de que estas cosas ocurran en verano es que la vacación impide abordarlas en esta bitácora como merecieran. Sin embargo, el tema de hoy sigue coleando por lo que nada impide poner la etiqueta de “actualidad” al acontecimiento planetario del verano, bastante más “universal” y “cósmico” que la coincidencia en el poder de dos altos mandatarios: me estoy refiriendo al funeral de
Durante estos días, todos los
La feria de la cultura ha puesto sus ojos sobre Darwin y el
Quien más quien menos ha visitado alguna exposición artística a lo largo de su vida. Esta acostumbre suele acompañarse de la consabida “guía“, en múltiples formatos: un “especialista” que nos acompaña por las diferentes salas, un folleto que recoge la información más relevante o en los últimos años unos cascos a través de los cuales escuchamos una voz experta, capaz de revelarnos los secretos de la exposición. Tendemos a pensar que esta explicación es particularmente necesaria en el caso del arte contemporáneo: no sabemos lo que tenemos ante nuestros ojos y necesitamos que nos lo cuenten. O mejor dicho: sí que lo sabemos, pero no lo comprendemos. Como si el arte no pudiera entenderse de una forma directa o intuitiva acudimos a la compañía del que sabe. No por repetida deja de tener esta práctica tan habitual su miga filosófica: ¿Necesita el arte explicación? ¿Acaso no logran transmitirnos los artistas que visitamos? ¿Por qué necesitamos que el “lógos” complemente a la experiencia estética?
A muchos la expresión arte de masas les parece una contradicción. O bien es arte, o bien es “de masas” pero los dos conceptos son difícilmente conciliables. Como si se asumiera que lo que verdaderamente puede llamarse arte incluye una serie de características técnicas y culturales que lo alejan de la gran parte de la sociedad. Frente a esta crítica, la industria cultural se encarga de generar, promocionar y vender miles de millones anuales en música, cine y literatura, productos que nacen ya orientados a ingresar la lista de superventas. El concepto adquiere nuevos significados si lo enfocamos con cierta perspectiva histórica, desde la que cabe observar un doble proceso: manifestaciones artísticas que es un día fueron aprobadas por la “masa” han dejado de ser consideradas como arte, mientras que obras de arte ya populares en su día han sido confirmadas como tales por lo que podríamos denominar “el juicio de la historia“.