Crisis de autoridad
Durante las últimas décadas estamos pagando el precio de que la palabra autoridad fuera mal entendida, asociándola a un régimen dictatorial, en el que no cabía la posibilidad de pensar distinto, de ser distinto. La desorientación que esto produce puede comprobarse en la calle: nadie piensa, por ejemplo, que cuando un policía o un guardia civil sancionan tal o cual comportamiento no lo hacen a título individual, sino en representación del estado y, en último término, en representación de toda la sociedad, que es la que da legitimidad a cualquier organización política. Los nombres y apellidos del funcionario de turno deberían importarnos bien poco: lo que hace no es a en tanto que un individuo particular. Y así sucede desde el conserje que nos recibe en un edificio público hasta el presidente del gobierno, pasando por policías, profesores, administrativos, inspectores de hacienda o jueces del más alto tribunal. El problema es que de un tiempo a esta parte parece haberse extendido la idea de que representarnos a todos es prácticamente algo vergonzante, sospechoso y siempre susceptible de revisión.



La historia suscita cuestiones filosóficas variadas y estimulantes. Nos trae el pasado al presente, pone en relación tiempos diversos y plurales, compara formas de vida y de pensamiento. De hecho, puede convertirse incluso en un tema novelesco: puede que cualquier día el género de la historia ficción logre las cotas de popularidad de la novela histórica. Quién sabe. Una de las preguntas relacionadas con la filosofía de la historia consiste en plantear la posible repetición de sucesos del pasado: ¿Es posible, por ejemplo, que ocurra una tercera guerra mundial? Después de la experiencia del nazismo, ¿Podría volver a ocurrir que el totalitarismo fascita se instalara en algún gobierno europeo? El sedante de la costumbre y la cotidianidad nos lleva a rechazar tal hipótesis. Parece que contamos con mecanismos políticos y sociales suficientemente sólidos como para desechar tal hipótesis. Por el contrario, la película que presentamos hoy, plantea un argumento distinto: no se trata de una cuestión política, sino fundamentalmente psicológica. Es nuestra mentalidad la que puede predisponernos al totalitarismo.