Crisis de autoridad
Durante las últimas décadas estamos pagando el precio de que la palabra autoridad fuera mal entendida, asociándola a un régimen dictatorial, en el que no cabía la posibilidad de pensar distinto, de ser distinto. La desorientación que esto produce puede comprobarse en la calle: nadie piensa, por ejemplo, que cuando un policía o un guardia civil sancionan tal o cual comportamiento no lo hacen a título individual, sino en representación del estado y, en último término, en representación de toda la sociedad, que es la que da legitimidad a cualquier organización política. Los nombres y apellidos del funcionario de turno deberían importarnos bien poco: lo que hace no es a en tanto que un individuo particular. Y así sucede desde el conserje que nos recibe en un edificio público hasta el presidente del gobierno, pasando por policías, profesores, administrativos, inspectores de hacienda o jueces del más alto tribunal. El problema es que de un tiempo a esta parte parece haberse extendido la idea de que representarnos a todos es prácticamente algo vergonzante, sospechoso y siempre susceptible de revisión.


