Democracia y autoridad
Cualquier ciudad de un estado democrático: un autobús no puede acceder a la parada, ya que un coche rojo de linea deportiva ocupa su espacio. El conductor pita y el coche comienza a moverse pero no lo suficiente. Unas veinte personas se arremolinan en la puerta para ir subiendo, mientras otros tantos van bajando. El claxon vuelve a entrar en funcionamiento, mientras un joven de unos 20 años entra al coche. Antes de montar se dirige al conductor y le grita: “¡Cállate hijo de puta!”. No contento con eso, mientras el coche inicia la marcha se vuelve hacia la parte de atrás mostrándole su dedo corazón. El ejemplo es puramente anecdótico. El caso es que podríamos poner otros muchos tomados de nuestra experiencia cotidiana de la “convivencia” con otros seres humanos. Si esta es la realidad de la calle, la risa tiene que asaltarnos cuando se abren sesudas discusiones sobre la “autoridad” del profesorado. Así que vamos a simplificar un poco el asunto y a afrontar un tema que debería ser más sencillo: el la autoridad en las sociedades democráticas. ¿Dónde queda la autoridad del conductor del autobús que es insultado delante de todo el que pase por allí? La democracia le ofrece totales garantías: poner una denuncia a no se sabe quién, y pasar por un largo proceso judicial lleno de trámites en el que finalmente un juez tirará paternalmente de las orejas al infractor. No hombre, no está bien insultar al conductor.



La historia suscita cuestiones filosóficas variadas y estimulantes. Nos trae el pasado al presente, pone en relación tiempos diversos y plurales, compara formas de vida y de pensamiento. De hecho, puede convertirse incluso en un tema novelesco: puede que cualquier día el género de la historia ficción logre las cotas de popularidad de la novela histórica. Quién sabe. Una de las preguntas relacionadas con la filosofía de la historia consiste en plantear la posible repetición de sucesos del pasado: ¿Es posible, por ejemplo, que ocurra una tercera guerra mundial? Después de la experiencia del nazismo, ¿Podría volver a ocurrir que el totalitarismo fascita se instalara en algún gobierno europeo? El sedante de la costumbre y la cotidianidad nos lleva a rechazar tal hipótesis. Parece que contamos con mecanismos políticos y sociales suficientemente sólidos como para desechar tal hipótesis. Por el contrario, la película que presentamos hoy, plantea un argumento distinto: no se trata de una cuestión política, sino fundamentalmente psicológica. Es nuestra mentalidad la que puede predisponernos al totalitarismo.