Filosofía para tiempos de crisis
Me avisa Google (a través del calendario filosófico de Boulesis) de que hoy es el aniversario del nacimiento de Bertrand Russell. Se da la casualidad (no planetaria ni cósmica, más bien académica) de que en estos días estamos discutiendo en clase sus ideas, terminando así con el último autor del temario de segundo de bachillerato. La conclusión es inmediata: hoy es obligatorio dedicar la anotación al filósofo inglés. Algunos de sus textos (como La conquista de la felicidad) fueron en su día auténticos superventas, y a través de ellos logró acercar la filosofía al gran público. Hoy presentaremos algo que puede servir de ayuda para los estudiantes de segundo de bachillerato de Castilla y León: su concepción de la filosofía tal y como aparece en el capítulo final del texto que entra en la PAU: Los problemas de la filosofía. Con la mirada puesta también, por qué no, en el posible lector habitual del blog (si es que queda alguno) ya que algunas de las cosas que dice Russell en ese capítulo bien se podrían aplicar a los tiempos de crisis que vivimos.



La economía es una ciencia relativamente moderna, como todas, pero una “práctica humana” tan antigua como nuestra capacidad de pensamiento. No parece muy descabellado aceptar que la necesidad es la base de la economía, en tanto que es ella la que nos mueve a buscar recursos y establecer acuerdos, desde un mero trueque a la transacción comercial. La moneda representa, a este respecto, un gran progreso en la historia de la humanidad: establece criterios (más intersubjetivos o sociales que objetivos) para el intercambio de bienes y también para la valoración del trabajo. En cierta manera la moneda representa un mecanismo de distribución entre el mercado de trabajo y el de bienes o productos: en realidad, el salario implica una valoración (social y “monetaria”) de la actividad que se desempeña. Con esa “valoración” (traducida en una cantidad concreta de unidades) acudimos al mercado y accedemos a diversas posibilidades: los precios nos indican qué podemos y qué no podemos comprar. Una armonía prestablecida, absolutamente equilibrada (al menos idealmente). Como se ve, la economía no tiene tanto misterio como se pretende, ¿o sí?
Ver cómo los establecimientos de la primera potencia económica del mundo comienzan a