Sistema educativo y crisis economica
Junto a las medidas concretas que están levantando críticas bien fundamentadas, uno de los rasgos más llamativos de la LOMCE, tal y como se está gestando en el ministerio, es ese trasfondo economicista que se le pretende dar a la educación. Ya no es cuestión sólo de que parezca que la ley está pensada como respuesta a la crisis económica, sino principalmente ese afán por promover lo que ha dado en llamarse “carácter emprendedor” y por formar a los “profesionales” del mañana. Reconozcamos que la situación económica es difícil y que no tiene visos de mejorar en los próximos años. Con todo, esto no justifica, ni mucho menos, el crear un sistema educativo ad hoc, cuya finalidad principal sea la modificación de las variables económicas que terminan dándonos un perfil del país en que vivimos. Seguir en esta linea no deja de ser otro más de los muchos y variados experimentos educativos que se han puesto en marcha en este país, con más o menos acierto. A largo plazo, tendremos un jirón más de asignaturas, términos pedagógicos y asignaciones horarias, de principios educativos a unir a ese “patchwork” montruoso que es hoy la educación española: una manta espantosa con trozos despedazados de la LOGSE, la LOCE y la LOE, esperando que se le unan más trapos sin que a nadie se le ocurra empezar de cero.



La economía es una ciencia relativamente moderna, como todas, pero una “práctica humana” tan antigua como nuestra capacidad de pensamiento. No parece muy descabellado aceptar que la necesidad es la base de la economía, en tanto que es ella la que nos mueve a buscar recursos y establecer acuerdos, desde un mero trueque a la transacción comercial. La moneda representa, a este respecto, un gran progreso en la historia de la humanidad: establece criterios (más intersubjetivos o sociales que objetivos) para el intercambio de bienes y también para la valoración del trabajo. En cierta manera la moneda representa un mecanismo de distribución entre el mercado de trabajo y el de bienes o productos: en realidad, el salario implica una valoración (social y “monetaria”) de la actividad que se desempeña. Con esa “valoración” (traducida en una cantidad concreta de unidades) acudimos al mercado y accedemos a diversas posibilidades: los precios nos indican qué podemos y qué no podemos comprar. Una armonía prestablecida, absolutamente equilibrada (al menos idealmente). Como se ve, la economía no tiene tanto misterio como se pretende, ¿o sí?
Ver cómo los establecimientos de la primera potencia económica del mundo comienzan a