¿Es la justicia un asunto procesal?
La justicia es, sin lugar a dudas, uno de los pilares fundamentales de la democracia. Tendemos a pensar que consiste principalmente en cumplir con las leyes, por lo que de manera implícita estamos dando por sentado que las leyes también son justas. La justificación de la justicia (valga la redundancia) se transforma en la democracia en un largo proceso: la sociedad aprueba una constitución, una ley fundamental que establece un nuevo procedimiento, encargado de fijar cómo se aprobarán las leyes y cómo se velará por su cumplimiento. Así surge el parlamento, legitimado para legislar a partir de una votación. Y, por otro lado, un poder judicial que nunca puede extralimitarse en sus funciones: no puede dictar sentencia en función de gustos o preferencias personales, sino tan sólo teniendo en cuenta la ley. Única y exclusivamente la ley. Lo malo del asunto es que todo este intrincado mecanismo legal no es justo. O expresado de otra manera: hay casos en los que choca frontalmente con lo que una gran mayoría, de una forma más o menos intuitiva, entiende como justo.



Mientras terminábamos la explicación de la política de Aristóteles, ha surgido en las clases de 2º de bachillerato el debate en torno a la democracia como sistema político y las condiciones necesarias para su mantenimiento. Según Aristóteles, la clase media es la columna vertebral de la sociedad. Ninguna formación política democrática puede subsistir sin una clase media amplia, que sirva de motor para el desarrollo social y de colchón amortiguador de los posibles golpes, como puede ser la guerra (o la crisis económica). La cuestión parece confirmarse si centramos nuestra atención en muchas democracias inestables de nuestro mundo: junto a una mayoría de personas en el umbral de la pobreza, convive un pequeño grupo de ricos y privilegiados. La sociedad está fracturada o, expresado de una forma más dura, sencillamente no existe sociedad alguna. Otra de las ideas aristotélicas apunta a que cada ciudad, por su organización política, proyecta una forma de vida particular, crea una forma de ser, un “ethos”. O dicho de otra forma: que si crecemos acostumbrados a la democracia viviremos de un modo democrático, en tanto que cada forma de gobierno crea una “cultura política”. ¿Tenía razón en todo esto el pensador griego?