Hace mucho, mucho tiempo, en un país muy lejano, un reducido grupo de personas puso en marcha un proyecto, que consistía en reivindicar una mayor participación en la toma de decisiones que afetaban a todos. Respondían a varios años de crecimiento de un poder que no les tenía en cuenta aunque decía estar pendiente permanentemente de sus intereses. Todo para ellos, pero sin ellos. Por eso, el grupo crítico se puso en funcionamiento. Manifestaciones pacíficas y continuadas, grupos de reflexión. Propuestas sencillas de cambio. Pero como tantas otras veces, el poder político fue astuto. Movilizó a sus partidarios que se infiltraron en el grupo para expandir ideas prefabricadas. Envió a los grandes cronistas del momento, para transmitir la apariencia de que se estaba produciendo una gran revuelta. Los que empezaron la tarea, se retiraron al ver que habían sido, una vez más, utilizados y neutralizados por el mismo poder que pretendían combatir. Y todo se convirtió en una fiesta de apariencia transformadora que se terminó diluyendo a las pocas semanas.
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