Hablar para lograr un mundo mejor
Que el lenguaje no sólo sirve para describir es algo que hemos aprendido sólo recientemente. O al menos así ha sido en filosofía del lenguaje, campo en el que la reflexión sobre el significado marcó las primeras décadas. Austin nos enseño que se puede hacer cosas con palabras: nuestra manera de hablar es una proyección de nuestra manera de vivir, cambiamos nuestro mundo o lo construirmos con nuestras palabras. De manera que no se trata de palabras mágicas: “hacemos” nuestra propia realidad a través del lenguaje. Habermas ha dado un paso más allá: si hay acciones implícitas en el uso del lenguaje: ¿por qué no pensar que estas acciones pueden incluso tener un significado moral? Si aceptamos esta idea, en el propio lenguaje habría ya requisitos morales, condiciones sin las cuales no podría existir una moral.



El bueno de Sócrates que, por lo que se cuenta, debía ser tan feo como inteligente, suele resulcitar todos los años por estas fechas para convertirse, al menos durante unos momentos, en uno de los protagonistas de clase. Dedicábamos la semana pasada alguna hora para perfilar un poco la figura del viejo Sócrates, que parece seguir contemplándonos desde hace 25 siglos, con esa capacidad suya para plantarte un interrogante en la cara (y de los difíciles) con sólo mirarte a los ojos. Intentando ser lo más neutral posible (creo que en la enseñanza se debe aspirar a ello) incluí también en la clase aquellos aspectos y testimonios que acercan a Sócrates a los sofistas, y que no le dejan tan bien parado en comparación con los textos de Platón. Pero por encima de todo, he intentado subrayar este año algo que podría servirnos a todos como ejemplo a seguir: el diálogo socrático.