Nivel educativo y profesionalidad
Es un secreto a voces que no deja de ser discutido y cuestionado: en las últimas décadas hemos vivido un “bajón” en el nivel educativo. La queja y el rechinar de dientes es la actitud más generalizada. Y por mucho que haya quienes niegan la mayor, el lamento se extiende. Los profesores universitarios reprochan a los de secundaria el alumnado que se les envía. Proliferan los “cursos cero”, las iniciaciones a las asignaturas y los programas de cada asignatura de hace un par de décadas parecen hoy utopías inalcanzables. Los profesores de secundaria reciben la colleja universitaria con resignación, pero no se la guardan. Dirigen sus miradas hacia la primaria: el problema centrar es la ausencia de exigencia en este nivel. No en vano dicen los pedagogos que estos años iniciales marcan hábitos de trabajo y de conducta que determinan la evolución posterior de los alumnos. Y es que no hay punto de comparación: los alumnos que entran en la E.S.O. vienen unas carencias enormes. Y así, pasando el fardo a otros, nos quedamos todos tan contentos.





Hace muchos, muchos años, según cuentan los cronistas, acudió la célebre Carmina de Lomania a conocer a Diógenes de Sínope, el famoso filósofo cínico. El encuentro se produjo en las afueras de Atenas, pues ya para entonces habían desterrado a Diógenes por falsificar la moneda. La de Lomania mostró su interés por el cínico porque había oído hablar mucho de él en la ciudad: sus andanzas y anécdotas corrían de boca en boca y la pincelada pseudocultural se había puesto de moda en los ambientes más selectos, por lo que la curiosidad la empujaba a ver en directo a tan singular personaje. Además, siempre era buena cosa que otros ciudadanos la vieran acercarse al sabio de Sínope: adornando la visita de caridad y de interés filosófico mataría dos pájaros de un tiro. Estaba completamente segura de que al día siguiente no se hablaría de otra cosa en toda Atenas. Elegante pero discreta, no había que hacer ostentación, paseó por Atenas hasta tropezar con un anciano un tanto andrajoso y deaseado. Aunque resultaba desagradable hablar con él, le dijo lo siguiente:
Aristóteles dedicó uno de los libros de su
Eso de que el periodismo sea el cuarto poder no es ninguna tontería. Podríamos interpretarlo, incluso, en el sentido de Foucault: igual que el poder político “produce” ciudadanos (sujetos sujetados, agarrados por las ideas que es donde más duele) los medios de comunicación crean no sólo al ciudadano, que para eso están aliados con el poder político, sino también la realidad misma. Un caso bien sencillo y concreto es el siguiente: las noticias educativas. La semana pasada varios medios nos “sorprendieron” a todos con una noticia de calado, algo que nadie conoce: la iniciativa valenciana de informar a los padres por SMS y por Internet. El invento era “revolucionario” se nos decía: se podría estar al tanto en tiempo real de las faltas y notas de los alumnos. ¡Guau! Menudo notición. sobre todo si lo hubieran comentado hace cuatro o cinco años que si mal no recuerdo es el tiempo que se lleva utilizando la informática de gestión como herramienta indispensable en los centros. Cada comunidad tiene su sistema, ciertamente. Pero todas vienen ofreciendo desde hace mucho tiempo este tipo de servicios. ¿A qué viene tanta novedad? Bien sencillo: los que nos informan están desinformados.
No es que quiera darme un baño de populismo. Se trata sencillamente de una constatación. En los últimos días hemos asistido a la (bochornosa) manifestación de “artistas” de todo pelaje y condición, presionando al gobierno para controlar de una vez por todas la difusión de material protegido en la red. La situación es lamentable: los mismos que van por ahí presumiendo de ideología y haciendo gala de estar siempre del lado del débil y frente al poder desarrollan una forma de pensamiento curiosa cuando se les toca el bolsillo. Se ve que al mundo de la canción no ha llegado aún el fin de las ideologías: “vende” mucho ser comunista de palabra y capitalista en la forma de vida. Aparentar de “currela” en el escenario, ser un tío “cañí” con el micrófono en la mano, y mirar desafiante a quien se baja discos y películas, por la sencilla razón de que están arruinando a la música. De aquí a cinco años no habrá música, se nos dice. Hace falta tener una concepción pobre, limitada, mercantilista y miserable de una actividad tan ancestral como la música como para llegar a afirmar semejantes sandeces.