La cultura de la incultura
La palabra cultura tiene tantos significados que nos permite jugar con ella hasta el punto de construir expresiones tan aparentemente contradictorias como la que da título a esta anotación. En uno de sus sentidos, la cultura es un compuesto complejo de tradiciones, costumbres, arte, leyes, formas de vida… Sus contornos son muy difusos y no es fácilmente definible, aunque sí pueden establecerse, por lo general, algunas características comunes. En otro de los sentidos, la cultura nos recuerda el cultivo y desarrollo personal, algo que podríamos llamar desarrollo de nuestras propias facultades, acercándonos a un modelo de ser humano. Así que nada impide pertenecer a una cultura, algo que prácticamente nos viene dado socialmente, con el cultivarse a uno mismo, con el “tener” o “no tener” cultura. Así que jugando un poco con la polisemia de la palabrita puede que no sea tan descabellado pensar que hoy vivimos en una especie de cultura de la incultura.




Hace muchos, muchos años, según cuentan los cronistas, acudió la célebre Carmina de Lomania a conocer a Diógenes de Sínope, el famoso filósofo cínico. El encuentro se produjo en las afueras de Atenas, pues ya para entonces habían desterrado a Diógenes por falsificar la moneda. La de Lomania mostró su interés por el cínico porque había oído hablar mucho de él en la ciudad: sus andanzas y anécdotas corrían de boca en boca y la pincelada pseudocultural se había puesto de moda en los ambientes más selectos, por lo que la curiosidad la empujaba a ver en directo a tan singular personaje. Además, siempre era buena cosa que otros ciudadanos la vieran acercarse al sabio de Sínope: adornando la visita de caridad y de interés filosófico mataría dos pájaros de un tiro. Estaba completamente segura de que al día siguiente no se hablaría de otra cosa en toda Atenas. Elegante pero discreta, no había que hacer ostentación, paseó por Atenas hasta tropezar con un anciano un tanto andrajoso y deaseado. Aunque resultaba desagradable hablar con él, le dijo lo siguiente:
No es que quiera darme un baño de populismo. Se trata sencillamente de una constatación. En los últimos días hemos asistido a la (bochornosa) manifestación de “artistas” de todo pelaje y condición, presionando al gobierno para controlar de una vez por todas la difusión de material protegido en la red. La situación es lamentable: los mismos que van por ahí presumiendo de ideología y haciendo gala de estar siempre del lado del débil y frente al poder desarrollan una forma de pensamiento curiosa cuando se les toca el bolsillo. Se ve que al mundo de la canción no ha llegado aún el fin de las ideologías: “vende” mucho ser comunista de palabra y capitalista en la forma de vida. Aparentar de “currela” en el escenario, ser un tío “cañí” con el micrófono en la mano, y mirar desafiante a quien se baja discos y películas, por la sencilla razón de que están arruinando a la música. De aquí a cinco años no habrá música, se nos dice. Hace falta tener una concepción pobre, limitada, mercantilista y miserable de una actividad tan ancestral como la música como para llegar a afirmar semejantes sandeces.